Volveré a soñar

Estoy sentada en la sala de espera del hospital. Como cada mes, me toca la revisión para controlar mi cáncer de tiroides. No estoy sola. A mi lado hay bastantes personas, entre ellas niños, muchos. Entro y para mi sorpresa veo que además del médico hay un grupo de especialistas de Naciones Unidas. Están haciendo un informe sobre las consecuencias de Chernobyl. Yo, como incontables personas de esta zona, soy una víctima, una más. Cansada, rehuyo sus preguntas, esquivo sus miradas… No es la primera vez que me someto a este tipo de interrogatorios y los aborrezco, los detesto. Sé que son necesarios y de gran utilidad, pero me hacen recordar.
Mientras se van interesando sobre mis condiciones de vida y mi enfermedad, no puedo evitar anhelar todo aquello que mi familia ha perdido. Sí, han pasado una treintena de años, pero mi casa sigue teniendo tal nivel de radiactividad que solo puedo permanecer en ella unos míseros minutos. Pero qué importa lo que mi familia haya perdido, si apenas queda parte de ella. Les cuento la suerte que corrió mi padre que murió en el accidente, pero que ni siquiera trabajaba en la central. Era bombero. Tras saltar todas las alarmas fue a socorrer a los trabajadores y a evacuar la zona, pero no se pudieron controlar las llamas del incendio que terminaron acorralándolo. Mis hermanos, mayores que yo, fueron uno de los miles de liquidadores que indirectamente dieron su vida. Debido a las altas radiaciones que sufrieron al limpiar los alrededores, padecieron el resto de su vida enfermedades que provocaron su fallecimiento hace cinco años. Por otra parte, a mi madre no fue la radiación lo que le hizo enfermar, sino el dolor. El dolor por la privación del amor de su marido y de sus hijos. Y la pena por quedarse sin techo, sin sus recuerdos y de verme a mí, que con tan solo diez años se me había terminado la infancia, y no solo eso, sino que iba a tener secuelas de ese suceso durante el resto de mi vida.
En cuanto a mí, les cuento que me encontraba en el bosque cuando se desencadenó la tragedia. Era uno de mis lugares preferidos, en donde jugaba todas las tardes con mis compañeros, pero ahora únicamente quedan árboles muertos y rojos, sin un ápice de vida. Cuando lo contemplo, apenas lo reconozco; todos aquellos árboles, animales y olores con los que crecí han desaparecido.
Me despido de los investigadores y de mi médico. Llego a mi casa, donde está mi madre. Precisamente hoy, 26 de abril, es el trigésimo aniversario. Enciendo la tele y en todas las cadenas hay documentales rememorándolo. Apago la tele. No lo queremos ver. No puedo seguir viviendo de esta manera. Allá donde miro solo consigo ver desolación, miseria, enfermedad… Pese a que no he conseguido ver tan siquiera cinco minutos seguidos de uno de estos documentales, sé lo que pasó. Todos lo sabemos y eso nos martiriza más. Pensar que fue causado al realizar una prueba para mejorar la seguridad es duro. Saber que hubo violaciones de la Ley de Seguridad lo hace insoportable.
Me bajo al local. Va a empezar el acto conmemorativo. Parece mentira, ya ha pasado otro año. Allí me espera Fedir. Es mi pequeño rayo de luz en este drama que nos envuelve. Llevamos dos años juntos y estamos pensando en casarnos. Él también perdió a su padre, creo que por esta razón estudió la carrera de Física Nuclear en la vieja Universidad de Kiev. Ahora, codirige un equipo de investigación dentro de la medicina nuclear. Me cuesta pensar que partículas que han causado tanta destrucción pueden llegar a curar un cáncer,y precisamente de tiroides.
Me siento junto a él. Tras el acto, nos quedamos a cenar. Estamos terminando el postre cuando veo cómo se le cae a un niño el helado de chocolate. Lo hemos hablado en repetidas ocasiones. Él es partidario de intentarlo, yo no puedo. No me siento capaz de traer a un niño a este lugar. No quiero correr el riesgo de que tenga malformaciones. No quiero que me tenga como madre, no, no le quiero someter a esta tortura.
Pagamos la cuenta. Me acompaña al lugar que ahora habito y nos despedimos. Entro y veo que mi madre ya se ha acostado. Me sonríe, le doy un beso y me retiro a descansar. Antes de apagar la luz, miro la última foto que tenemos todos juntos. Data del verano anterior al accidente. Cuando ya estoy inmersa en la oscuridad asaltan mi cabeza infinidad de preguntas. Entre todas ellas, la que resuena con más fuerza es si seremos capaces alguna vez de aprender de nuestros errores.
Voy sintiendo cómo los párpados me empiezan a pesar más, ¿seré capaz de soñar esta noche?