Muerte a la muerte (o el aún más moderno Prometeo)

Las luces del pasillo se encienden a medida que el grupo de gente avanza hacia la puerta del fondo. Arrastran a su paso una camilla cubierta de finos manteles blancos. Se aproxima la prensa, decenas de cámaras centelleantes que invaden el edificio de llanuras luminosas. La puerta se cierra y el laboratorio despierta de su sueño inquieto. Los científicos se visten de blanco y embadurnan sus rostros con mascarillas y protectores plastificados. Respiran fuerte a la vez que libran un cuerpo inerte de los manteles de la camilla. Los observa un cuerpo putrefacto, sin vida, que pide a gritos el descansar. Se preparan los hombres mientras quizás alguno de ellos recuerda un día de otoño en el que los vientos atronaban, una brisa en el parque, una frase de un Lovecraft olvidado cerca de un pantano de intranquilas aguas, que así decía:
"Que no está muerto aquello que puede vivir eternamente y en evos extraños, aún puede morir la muerte"
Rugen los transistores y chispotean los circuitos al son de la vivaz corriente. Un imparable haz de luz recorre el cuerpo inerte de la camilla, instándole a abrir los ojos. Parpadean los carteles luminosos de una ciudad, mueren bombillas a la luz de la luna. El corazón enlatado dentro del pequeño hombre vuelve a la vida entre flujos constantes de sangre y aromas fantásticas. Los dedos recorren inquietos la brisa invernal, viviendo la vida, muriendo la muerte. Yace en los anales de la historia el eterno dilema y el inevitable desenlace, a la vez que la última hoja de un árbol cae sobre un mar de urticáceas.
Aplauden los necios, mientras en la cripta donde antes dormía el muerto que ahora vive, yace eterno el fallecer.