La verdad os hará libres

Vaya, ya llego cinco minutos tarde, buena va a ser la impresión que voy a causar en el complejo. En fin, soy Joe Miller, de Minessota. Para poneros un poco en situación, vi un anuncio en el periódico sobre ser sujeto de pruebas junto a otros 200 más, me ofrecí y fui aceptado. Todo por la ciencia. Podría ser cierto, si no tuviera una hipoteca que pagar y un capricho, sí, esa moto que me quiero comprar. Eran 300.000 dólares, casi nada.

Al llegar allí, me encontré de todo: palidez, nerviosismo, curiosidad por cómo acabaríamos, —como era mi caso—, y muchas emociones más. Todo ello ante un trato indiferente de los científicos o lo que fueran, que no ayudaba demasiado a tranquilizarnos.

En la sala de espera, decidí leer para no aburrirme alguna información más sobre aquel experimento que encontré como propaganda. Así me enteré de que nos iban a inyectar un hongo, el Ganoderma lucidum, que mejoraría nuestra capacidad de regeneración y nuestro sistema inmunológico sin aparentes cambios… En teoría.

En un momento dado, entramos todos en cámaras distintas con un científico y un militar armado, cada uno. Aquel llevaba una jeringuilla, la cual me inyectó, aunque no sé cómo pudo hacerlo, pues la tensión en mi brazo era máxima… tan fuerte apretaba los bíceps. Me quedé sin respiración y mirando a los ojos de aquel hombre sin decir palabra alguna, ya que me fijé en la etiqueta de la jeringuilla: Cordyceps Unilateralis. Lo que me dijo a continuación fue: "No había otra manera. Lo siento."

Genial. Típico. Ya me podía ir despidiendo. Pero no, lo que sentí después fue algo mucho peor que morir. Era un terrible dolor en el estómago, como si me ardiera todo el vientre. Parecía que se extendía, mientras yo me revolvía en el suelo intentando aguantarlo, y finalmente me desmayé.

Al despertar, me encontré al médico en una esquina, y una extraña planta brotaba desde su vientre. Vi unas extrañas marcas en la pared como si de arañazos se tratara, pero ni rastro del soldado.

Me incorporé, pero me sentía muy mareado, y en mi cabeza oía gritos de personas que pedían auxilio, voces que me sonaban aunque no sabía de qué. Cogí la vacuna maldita, y la tiré al suelo con todas mis fuerzas. Pero lo peor de todo estaba por llegar. Se trataba del instante en el que miré mi mano, y la noté distinta, quizá por el aumento de tamaño, o quizá porque parecía una rama. Muy nervioso, opté por mirarme en el espejo, cosa que mejor hubiera sido no haber hecho. Era un maldito árbol con patas, como los Ents de Tolkien (pero más pequeño), con la cabeza medio abierta, y agujeros en ciertos puntos de las extremidades superiores. Me daba miedo de mí mismo.

Al salir de la cámara, escuché gritos y corrí hacia el lugar de donde venían. Contemplé una escena de violencia, en la que el militar que estaba en mi habitación disparaba a otros como yo. No los recordaba, debían ser cobayas igual que yo, que también habrían acudido a las oficinas, con los que me había reunido anteriormente. Todo pasó muy deprisa. No recuerdo por qué pero opté por abalanzarme sobre el guardia con una increíble rapidez y fuerza y sobre todo, mucha rabia. Noté cómo esas grietas de mis brazos liberaban un polvo amarillento. Qué raro, parecían semillas. Aquel militar se revolvió un poco hasta que quedó inconsciente. Necesitaba averiguar qué estaba ocurriendo.

Escuché un "gracias", tendría que haberlo dicho alguno de esos a los que ayudé porque me miraban fijamente, y sin embargo no vi que sus labios se movieran. Entonces comprendí que nos podíamos comunicar con la mente, ¿podía ocurrir algo más en esta pesadilla? Les dije que buscaran a los demás, que les ayudaran de la forma en que pudieran y que esperaran en la entrada sin irse y sin hacer demasiado ruido, por si acaso.



Rompiendo puerta a puerta no hallé nada excepto en una.

Al entrar en la habitación, un hombre estaba atrincherado detrás del escritorio con una pistola, suplicando auxilio. Le pedí explicaciones y entonces lo entendí todo. El hongo introducido cambiaba nuestro comportamiento, buscando otros seres en los que soltar esporas para que el hongo pudiera sobrevivir, como la estructura del cuerpo del científico de mi habitación. Pero el experimento falló ya que conservamos la razón, y no nos comportamos como "zombis" ni como esclavos.

Le agarré del cuello y le dije: "Nunca más hagáis esto, mintiendo a gente inocente." Y me fui, mientras le oía llorar.

Los doscientos nos dirigimos al norte, en busca de una zona despoblada y decidimos alejarnos del hombre y de su crueldad. Éramos monstruos y lo sabíamos.

Si alguna vez nos avistas, corre, pero no avises a nadie... Por favor.