El sexo, cadena opresora de la libertad

Desde el principio de los tiempos hasta la actualidad ha habido discriminación tanto positiva como negativa según el sexo. Si eres hombre la sociedad dicta que tienes que tener una complexión fuerte, tienes que ser alto, valiente y estar siempre dispuesto a brindar protección a una mujer. Si eres mujer tienes que ser más bien baja, delicada y delgada y con predisposición a complacer a los hombres. Incluso a pesar de que ahora los estereotipos han ido siendo más flexibles sigue habiendo exigencias sobre todo para el sexo femenino que tienen que tener un pelo perfecto, las medidas ideales, ir siempre depiladas, vestir según la última tendencia… ¿Y qué hay de las supermujeres? Capaces de levantarse por la mañana hacer la comida, ir a trabajar, llegar a casa y hacer las tareas del hogar sin olvidarse de prestar atención al resto de miembros que compongan su familia. ¿Y de los superhombres? Trabajan, juegan con los niños, ayudan a hacer las tareas domésticas… Esto ocurre en la edad adulta, pero lo cierto es que nos vamos adentrando poco a poco en esta dinámica. Desde que somos niños estamos condicionados por nuestro sexo; nos visten de una determinada forma, nos tienen que gustar determinados colores… ¡Hasta tenemos que jugar a determinados juegos! ¿A que se deben estas diferencias? Claramente el factor que más influye es el sexo que viene determinado desde que nacemos (o incluso antes) y que condiciona el resto de nuestra vida pero… ¿Por qué hombres y mujeres somos diferentes? ¿Desde qué momento lo somos?

Para responder a estas preguntas, es fundamental conocer los factores que interactúan para generar la diferenciación sexual. Es indiscutible, el papel que juega el material genético en estos eventos, y la interacción con el medio ambiente desde el periodo prenatal los dos factores principales.

En primer lugar, desde la fecundación se produce una diferenciación que viene dada por el espermatozoide que aportará un cromosoma X o un cromosoma Y al óvulo siempre X dando lugar a varones (XY) y a hembras (XX). Secundariamente, se precipitan una serie de eventos consecutivos, para lograr la meta final. Es así, como la diferenciación anatómica y fisiológica se apoya principalmente en eventos del desarrollo prenatal y de los efectos postnatales del crecimiento y el desarrollo. El sexo de un feto determinará no solo su vida a nivel social sino también a nivel sanitario puesto que recientes estudios han demostrado que los hombres tienen menos reconstrucción neuronal que las mujeres y mayor riesgos de padecer trastornos de demencia, hiperactividad y autismo entre otros que se desarrollarán a una edad temprana. Al contrario de las mujeres que tienen predisposición a trastornos alimenticios,ansiedad y depresión que aparecerán después de la pubertad.




En segundo lugar hombres y mujeres están expuestos a diferentes ambientes hormonales antes de nacer y esto se traduce en diferencias de sexo en el cerebro por lo que es posible obtener un ser humano nacido con características sexuales primarias, por ejemplo tener distinciones físicas clásicas del sexo femenino y poseer un cerebro con características típicas del sexo masculino, siempre y cuando todo acontezca en el periodo prenatal.

Por lo tanto, realmente somos diferentes, es indudable que nuestra fisiología, nuestro sistema hormonal e incluso nuestro comportamiento es distinto. Pero realmente fisiología y comportamiento no tienen que ir siempre ligadas por lo que nuestra anatomía no debería ser la clave de nuestro comportamiento. Creo que deberíamos desesclavizar a la libertad de expresión y de pensamiento, de actuación y de ser. Este objetivo un tanto ambicioso debería ser una de las claves principales en una sociedad futura para que haya una verdadera heterogeneidad en todos esos puntos enriqueciendo la creatividad principal fuente de cambio y progreso. Para conseguirlo debemos dejar a un lado los estereotipos, las clasificaciones y los clichés individualmente puesto que gente pequeña en lugares pequeños puede cambiar el mundo.