Llora, no es tarde

Es tarde. Otra noche sin dormir.
Suena el teléfono. Es ella, lo sé.
Es tarde, son las dos de la madrugada. Nunca se acuerda del desfase horario. Allí son las siete.
Veo su nombre en la pantalla, no lo voy a coger. Siempre lloro cuando llama, sin lágrimas, no tengo, hace años que no tengo.
Sé lo que me va a contar, estaba muy cerca, era cuestión de tiempo, pero para mí es tarde.
Veo su nombre y en mi cabeza se arremolinan los recuerdos, igual de vivos, igual de reales, de dolorosos, de agobiantes. Primero, la alegría; después, el sufrimiento infinito.
La facultad, los proyectos, ella en la cátedra de inmunología, siempre en vanguardia; yo, menos ambicioso, en mi modesta consulta de pueblo pequeño.
Llegó él, él. Llenó nuestra vida, Juan, nuestro Juan. Diez años maravillosos. Luego llegó ella. No nos atrevíamos a nombrarla, era ella o como mucho la enfermedad.
Leucemia. Él y ella, juntos, enredados, inseparables.
Veo los años de hospitales, pruebas, sufrimiento, impotencia, viajes eternos a por soluciones, que no funcionaban, especialistas remotos que ofrecían terapias novedosas que tampoco funcionaban. Gastos a los que no podíamos hacer frente, desánimo, alejamiento, desesperanza.
Y llegó. Sin defensas, un simple catarro, que fue una neumonía, que encharcó sus pulmones. Sus largas horas de toses, de no poder respirar, de vómitos vacíos, no quedaba nada.
Sedación, calma, llanto. Dejó de respirar. Se fue. Y nosotros con él.
Llevamos sus cenizas a la montaña, a nuestra montaña, en la que tantos inviernos habíamos jugado los tres, en la que tantos veranos habíamos paseado. Digo tantos y en realidad fueron tan pocos…
Allí los dos. Un beso, una caricia, un hasta pronto que nunca llegará. No supimos superarlo. No quisimos hacernos daño.
Ella siempre más ambiciosa, más preparada, más luchadora, se fue a Filadelfia, prometió dedicar su vida a la investigación, por él, por todos los “él” del mundo que no merecían lo que la vida les daba.
Yo no, yo fui un cobarde. Seguí lamiendo mi dolor, en mi consulta de pueblo pequeño, viendo catarros, resfriados, sin pensar, sin luchar.
Sí, ella siempre fue más fuerte.
Suena el teléfono, es tarde, veo su nombre en la pantalla, no lo voy a coger. Quiero dormir, llevo años sin dormir.
Llega un mensaje. Por favor, abre, aunque solo sea el correo, por favor. Me duele, su súplica siempre me hace daño, sé que ella lucha y que yo muero.
Dudo, me da miedo, no quiero saber, no quiero ver, quiero seguir acomodado en mi vida gris, solitaria, viendo catarros y pequeños dolores.
Voy a abrirlo. Lo leeré. Son las dos de la madrugada, pero lo voy a leer. Hablar con ella no. No puedo, llevo años evitándola, la quiero, siempre la he querido, y sé que ella a mí también, pero no supimos gestionar el dolor.
No, no es cierto. Yo no supe enfrentarme a la realidad, a la vida, tal como viene, cruda, sin aditivos. Ella es una luchadora, yo no.
“Por fin, ya es real, la Terapia Personalizada Celular CTL019, desarrollada en la Escuela de Medicina de Perelman de la Universidad de Pennsylvania es catalogada como éxito sin precedentes. Los nuevos resultados, basados en los preliminares presentados en diciembre de 2013, incluyen los datos de los primeros 25 niños y adultos jóvenes (de 5 a 22 años) tratados en el Hospital Infantil de Filadelfia y los primeros cinco adultos (de 26 y 60 años) atendidos en el Hospital de la Universidad de Pennsylvania. En total, 27 de los 30 pacientes que han participado en los estudios han logrado una remisión completa, un término similar a la curación, después de recibir una infusión de sus propias células inmunes”
Lloro, una vez más. Antes solo cuando hablaba con ella, ahora cuando leo sus éxitos.
Ella sí, ha sabido luchar, ha sabido entender que no era tarde ni para Juan, ni para todos los que como él tienen derecho a la vida.
Es tarde, para mí, para él, para nosotros, pero no para ellos. Lloro, desconsolado, se acabó el llanto seco, la aridez de los ojos, caen lágrimas enormes, abundantes, el dolor hay que llorarlo y ni siquiera eso he sabido hacer sin su ayuda.
La voy a llamar, ahora.
No, mañana. Quiero dormir. Son más de las tres. Es tarde. Por fin lloro, pero ahora lo hago por mí.