La donante transgénica

Los transgénicos son considerados dioses; seres perfectos sin debilidad alguna y con mucho poder (económico, social, político…) y obviamente toda la gente los odia o los envidia; yo era uno de esos, pero ahora os contaré lo que me hizo cambiar mi punto de vista.
Era el 21 de Mayo de 2010 cuando me desperté gritando en la cama, había tenido un sueño muy raro, algo que ver con que me moría porque la sangre no me llegaba al cerebro, supongo que es normal ya que me diagnosticaron que mi sangre era demasiado débil y que podría morir; desde entonces, veo la vida más oscura. Volviendo a mi historia, me levanté, desayuné y me fui a la universidad.
Como todos los días, Claudia me está esperando en la puerta mirando el móvil (qué raro) mientras está en una pose ridícula ya que es mitad pose molona mitad sentada.
- ¿Qué intentas con esa pose? - le preguntó a Claudia.
- ¿No es obvio? Esperarte.
- Estás ridícula con esa pose.
Dio un respiro.
- A veces creo que no tienes sentido del humor - soltó.
Empezamos a caminar juntos hacia la parada del bus para coger el 212 y que nos llevase a la entrada de la universidad. Ya en el bus, Claudia me suelta.
- Óscar, últimamente te veo más decaído de lo normal.
Sonreí forzosamente.
- ¿Por qué lo dices?
- Se te nota, vas más agachado de lo habitual, no me cuentas nada interesante y sobre todo en los ojos, tus ojos ya no brillan como lo hacían antes, has perdido el interés por vivir. ¿Verdad?
Claudia tiene esa virtud de adivinar siempre lo que estoy pensando o lo que me pasa, me fastidia mucho pero a la vez me alegra ya que siento que estamos muy conectados.
Le digo en tono irritado.
- Ya vale. ¿Déjame en paz quieres?
- Pues sí que estás borde hoy.
- Pues eso.
Fin de la conversación, no hablamos en todo el día.
Al día siguiente no encontré a Claudia esperándome, supongo que es normal ya que me porte muy mal con ella; decidí tomar el bus solo. No me di cuenta de que me había dormido hasta que desperté dolorido y con fuego a mi alrededor, me levanté alarmado temiéndome lo peor y mis temores se hicieron realidad, acababa de sufrir un accidente de tráfico.
Me llevaron al hospital y me dijeron que me había roto la pierna izquierda y varios huesos, también dijeron que aunque no fuese nada grave, había algo que no encajaba, unos huesos rotos no bastarían para estar en peligro de muerte pero en cambio yo sí que lo estaba, además había perdido mucha sangre. Supuse que sería mi “enfermedad”, tenía que serlo.
Los médicos intentaban hacer todo lo que podían para intentar salvarme pero no me podían transferir sangre ya que el hospital era muy pequeño y mi tipo de sangre era 0+, la única opción era pedir sangre a los transgénicos, y eso sería como convertirse en su esclavo. Estaba seguro de que me moriría pero de repente vi a una joven de mi edad, era guapa y parecía buena persona, y al verme me dijo.
- Ostras que mala pinta tienes chaval - dice preocupada.
- Ya ves, gajes del oficio jajaja – digo de mala gana.
- He oído lo que te pasa, acabo de venir al igual que tú pero ya eres novedad. ¿Quieres que te eche una mano? Soy transgénica así que no importa qué tipo de sangre tienes ya que yo puedo darte de la que seas.
De repente, la joven no me parecía tan buena gente.
- ¿Qué quieres a cambio, dinero, que mate a alguien, ser tu esclavo? – le solté con miedo.
- ¿De qué hablas, medio muerto? – responde enfadada.
- ¿Por qué harías eso?
- Pues porque quiero ayudarte, imbécil. – dice irritada.
Tuve que reconocer que nunca pensé que Laura, la chica transgénica, me ayudara. Pensaba que moriría sin más, pero Laura al donarme la sangre, pude sobrevivir e incluso mejoré con mi problema de la sangre. Ahí fue cuando decidí que, igual, no todos los transgénicos eran malos; le debo mucho a Laura aunque no la volví a ver, así que no puedo devolverle el favor, me dio mucha pena ya que pensé que nos podríamos llevar bien.
Cuando me dieron de alta, Claudia estaba esperándome en mi casa, (tiempo atrás, me vino la mala idea de darle llaves a Claudia de mi casa por asuntos que no voy a contar ahora) dormida y al parecer, cansada. Yo esperé hasta que se despertó y al verme de nuevo, le brillaron los ojos, y con la sonrisa más dulce que hube visto jamás, me dijo.
- Bienvenido a casa, Óscar.