¿Hasta donde llega la ciencia?

Todo lo que abarcaba con la vista era profunda negrura. Una oscuridad que se sentía asfixiante. Se pegaba a la piel y se adentraba en los pulmones, impidiendo respirar con normalidad.
La sensación era espantosa, un agobio irritante le invadía y se sentía inseguro, perdido en la nada. No podía aferrarse a la esperanza de encontrar una salida, pues a su alrededor lo único que había era nada, y dentro de nada, no hay cabida para el escape.
Era tan irritante. Tampoco oía. Los únicos sonidos que podía apreciar eran los de su respiración y los inminentes latidos de su corazón, lo cual intensificaba todavía más ese sentimiento de vértigo que le invadía poco a poco.
Tenía miedo de moverse, pues no era capaz de orientarse y no sabía con qué se podía encontrar si se movía unos pasos. Pero tras algunos minutos, el estar parado sintiendo únicamente su cuerpo, se hizo extremadamente insoportable. Decidió desplazarse en por el espacio, tanteando y coordinando cada movimiento con mucha precisión. Cerró los ojos. El terror se sentía más liviano si la oscuridad se formaba bajos sus propios párpados, y no tras ellos.
Así se movió, despacio. Pronto, el miedo que había sentido antes por encontrar algo se convirtió en una necesidad por encontrarlo, por aferrarse a algo dentro de esa estúpida soledad. El cuidado con el que antes se había movido se convirtió ahora en un incontrolable frenesí que se sentía interminable.



- ¿Cuánto crees que durará este?
- Lleva ya doce horas. Ha superado con creces al anterior, pero está llegando ya al límite.
Tecleó unas letras en el ordenador y se quedaron en silencio, con ganas de acabar deprisa el informe.
Al cabo de un rato se dejó de escuchar el sonido de los pasos. Esperaron unos minutos más como dictaba el protocolo, y luego encendieron la luz. Entraron en la habitación y se acercaron al cuerpo que yacía en el suelo.
- Por lo menos este ha sido limpio. No tenía ganas de quedarme desinfectando hasta tarde.
Su compañero no respondió. Retiraron el cuerpo inerte y salieron apagando la luz tras ellos.
Dentro, en la oscuridad, unos gastados cordones de cuero, liberadores de angustia y horror.