Nuestro

Una vez, un hombre muy sabio dijo a sus prójimos: <>. Este hombre fue Stephen Hawking, y realmente no se lo decía a nadie semejante a él, solo no lo decía a nosotros, la humanidad, porque creo que si Stephen Hawking –siendo uno de los hombre más sabios del planeta Tierra– sabía qué sucedería si los extraterrestres nos invadían, no podía ser parte de la humanidad, y no me estoy refiriendo a que él fuera un extraterrestre sino que él no fue tan tonto como el resto de la humanidad para creer que estábamos completamente a salvo. Por lo tanto, no es nuestro semejante, ni nuestro prójimo, ni hermano; simplemente no es parte de la humanidad porque no fue tan tonto como el resto de nosotros.

4470 millones de años, es el número que –según los geólogos– es la edad de la Tierra. 4470 millones de años, y una población de 7.229.916.048 seres humanos… ¡Wow! Si que somos una plaga; mirándolo de este modo todo tiene mucho más sentido, lástima que ya es demasiado tarde, y aunque no lo fuera, no lo arreglaríamos. Esa es la esencia del ser humano, no aprender de sus errores ni de los de sus antepasados, es por ello que siempre terminamos igual o en las peores situaciones.
Pero tampoco fue solamente nuestra culpa, o bueno, no del todo. Si, se suponía que estábamos preparados, el gobierno lo sabía, siempre lo supo pero nunca dijeron nada, y las personas normales… Si, las personas normales lo sabíamos pero no queríamos creerlo, por lo menos, no hasta que tuviéramos una prueba. Yo era muy escéptica en ese tiempo, siempre me pareció un tema de ciencia ficción, nada real; lo leía en libros, veía películas, series animadas, videojuegos, revistas, incluso escribía sobre ello, pero jamás llegue a pensar que uno de mis relatos se volvería real.
Siempre pensé que llegarían dando una señal, como en las películas, con el corte repentino de luz y círculos en los huertos, pero no, fue demasiado directo. Lo que siempre recordare será las naves bajando del cielo, mimetizadas con las nubes, como en una película de Disney cuando el cielo se caía y nadie le creía al pobre pollo ¡Ja! ¿Quién diría alguna vez que una película infantil sobre animales que hablan y extraterrestres sería tan parecida a la realidad? Demasiado irónico hasta para mí. El punto es que los extraterrestres bajaron de sus naves y no tuvimos más remedio que rendirnos, en especial por lo que vimos cuando los platillos volantes se abrieron.
La humanidad siempre ha tenido esta rara tendencia a buscar una respuesta a todo, incluso a aquello que no tiene respuesta, por lo tanto se crea una no muy lógica. De esta forma surgieron los dioses, seres imaginarios que se supone rigen y dan sentido a nuestra vida, porque el ser humano tiene que buscar algo más, siempre, algo que sea mejor que él, algo perfecto que explique el por qué de todos los errores que cometemos. Bueno, cuando estos seres bajaron de las naves, eso fue lo primero que paso por la cabeza de muchos.
Pudimos haberlos combatido, habrían sido aniquilados, exterminados en un abrir y cerrar de ojos, pero simplemente no pudimos. No pudimos porque creímos que –en cierta forma– eran iguales a nosotros.
Nos equivocamos.
Seres bellísimos, perfectos, cualquiera pensaría que son humanos porque eran iguales nosotros; con cabellos y ojos de todos los colores, y pieles de todas las razas, cualquiera diría que eran personas normales con un tinte divertido o unas lentillas extrañas. Pero no, bajaron del cielo, en naves hechas con una tecnología que desconocíamos, siendo humanos perfectos, y hablando sobre cosas que no entendíamos.
–Nosotros somos historia– palabras que recorrieron todo un planeta, con mil y un significados que nadie comprendió.
Pudimos haber luchado pero no lo hicimos.
Ahora, me encantaría haber comprendido sus palabras al instante, pero como ya he dicho es demasiado tarde, y no nos queda más que aceptar el destino que nos merecemos, porque no lo merecemos. Nosotros somos los tontos, los ciegos, los que creemos en cosas inexistentes para dar sentido a nuestra vida; los que maltratamos tanto nuestro planeta para construir el mundo a “nuestra medida”, sin darnos cuenta que realmente éramos nosotros los que debíamos estar a la medida del mundo, sin darnos cuenta que no éramos los primeros, y creyendo que éramos los dueños de algo que no era nuestro.