Eva

Eran las 9:25 de un martes lluvioso de noviembre cuando conseguí finalizar la fase dos de mi estudio. Por aquella época, estaba trabajando en desarrollar la regeneración de las células ciliadas del oído a través de las células madre. Hacía semanas que había empezado a aplicar mi teoría con ratones blancos con células ciliadas muertas, y ese día por fin había obtenido grandes resultados. ¡Había conseguido que recuperaran su audición!
Llevaba trabajando en este asunto desde que me licencie en biología hacía ya diez años y me llenaba de orgullo saber que por fin podía pasar a la fase experimental en humanos.
Después de una búsqueda intensiva encontré a Eva, una joven de veinticinco años que había perdido su audición a los siete. Rápidamente, se ofreció voluntaria porque nada conseguía mejorar su calidad de vida.
Meses después llegó el día de la operación, realizada por el Dr. Wells. La operación consistía en introducir un líquido con cloruro de sodio y células madre que regeneraba las células ciliadas muertas por unas nuevas con reserva de oxígeno.
Las horas de la operación, donde yo no estuve presente, se me hicieron eternas. Espere y espere hasta que por fin Eva despertó de su anestesia y pude hablar con ella.
Al llegar a la sala la llamé y de repente vi sus lágrimas caer por sus dulces y sonrosadas mejillas. ¡Me escuchaba, el compuesto funcionaba!
Durante los meses siguientes, cada semana Eva venía a mi laboratorio para su revisión auditiva y cada semana podía descubrir algo nuevo de ella. Era una chica guapa, inteligente que por desgracia había sufrido mucho en su vida por su pérdida de audición.
Inevitablemente no tarde en enamorarme de ella i ella milagrosamente se había enamorado de mí. Todo sucedió en su última revisión. No sé si fue porque posiblemente no la volvería a ver jamás o porque en ese instante me arme de valor pero, la bese. La bese intentándole explicar lo que jamás sabría decirle con palabras, y para mi sorpresa me correspondió.
A partir de ese día, empezamos lo que se le puede llamar una relación. Me llamaba en sus descansos del trabajo, cenábamos juntos todas las noches e incluso me convencía para salir de mi oscuro y desordenado laboratorio más a menudo.
Salimos durante un año, hasta que ella decidió dar un paso más y me pidió matrimonio. Sin dudarlo acepté y el día de la boda descubrí que ella estaba embarazada de ti. Creo que se fue el día más feliz de mi vida.
Durante los primeros meses del embarazo todo salió perfecto pero en el último mes algo cambio. Eva siempre se encontraba mal, le pitaban los oídos y empezaba a escuchar ruidos que no debería poder escuchar después de la operación.
Al hacerle varias pruebas resultó que el compuesto había creado un efecto secundario a largo plazo que mantenía siempre les células regeneradas excitadas provocando algo parecido a un “súper oído”.
Esto para alguien que había pasado de una ausencia de audición a una audición correcta en prácticamente un año era algo abrumador. Por no mencionar los vómitos y cansancios provocados por su embarazo.
Me encerré varios meses en el laboratorio intentando encontrar una cura que estabilizará el compuesto, pero a pesar de mis números intentos no la encontré. Todos los días observaba a Eva cuidarte y desesperarse porque escuchaba demasiado fuerte tu llanto, o escuchaba demasiado cerca una música que se encontraba a tres calles de distancia.
Supe que empezaba a perder la cordura y la paciencia cuando empezó a arrepentirse de haberse ofrecido voluntaria a la operación, cosa que nunca había hecho. Frustrado por ver a mi mujer así volví al laboratorio decidido a no salir de ahí hasta encontrar una cura. Y de hecho, la encontré. Conseguí elaborar un pequeño líquido que estabilizaba a las células durante 24 h.
Esa noche, llegue lo más rápido posible a casa para darle la sorpresa a Eva, pero fue ella quien me la dio a mí. Al entrar encontré a Eva colgada de las aspas del ventilador, con un pequeño papel en sus manos: su carta de suicidio.
Y des de ese día decidí que jamás volvería hablar del tema ni a practicar ciencia. He cumplido mi promesa durante más de treinta años, hasta hoy. Hoy he roto mi promesa y te he traído a mi laboratorio para que sepas como conocí a tu madre.