MI CEREBRO Y YO

Esa terrible sensación de que el universo está contra ti. Poder apreciar como tu vida puede cambiar en tan solo 1 día, 24 horas, 1440 simples minutos. Despertarte con una sensación de vacío que inunda tu cuerpo de incertidumbre, levantarte a duras penas apoyando tu maltrecho pie en la gélida loza de tu apartamento y correr las cortinas permitiendo a los tajantes rayos de sol dar una apariencia de luminosidad a tu habitación a la par que te dejan aturdido.
El alcohol, formidable amigo en la noche, vengativo amigo durante el día. La cabeza me daba vueltas, no conseguía establecer una historia persistente de la noche anterior. Flashbacks aleatorios abordaban mi cabeza, presentándose como un haz de luz que atraviesa tu mente como una puñalada. Sin embargo, no eran suficientes. Tan solo contaba con la borrosa imagen de escenas sueltas de la noche anterior, diez llamadas de mis amigos y un mensaje de hacía 10 minutos: “Pon la televisión”. No hubiera importado si hubiese tardado otros veinte minutos en encender la televisión, no se hablaba de otra cosa. Atropello y balazo en la cabeza. Demasiadas señales y poca capacidad para interpretarlas aquella mañana, ¿podía haber sido yo?
Líneas de teléfono apagadas, puertas de pisos que no se abrían a un amigo y una sensación de amargura recorriendo mi cuerpo, definitivamente estaba solo. Decidí dar un paseo para despejarme, dejar que la ciudad invadiese mi mente con los recuerdos tratando de concebir una mínima idea de que había sucedido aquella encubierta noche. No me asombra la idea de que no utilicemos más que el diez por ciento de nuestra capacidad cerebral, es impresionante lo que podemos hacer, pero lo sería más todavía en el caso de aumentar el rendimiento. Nunca os lo podríais imaginar. Sentir que tu cerebro es una base de datos inagotable con la incansable necesidad de saber más, recordar cualquier imagen que hayas visto tan solo una vez en la vida o manejar las infinitas posibilidades de acción en una situación en milésimas de segundos. Realmente podemos optar a ello. Eché un vistazo sobre ello en internet y había numerosas páginas que lo tenían como principal tema de discusión, pero una en especial me llamó la atención. Decían conocer el método de aumentar la capacidad de las conexiones interneuronales. Sin embargo, antes de poder conocer más sobre el método la página se me cerró automáticamente y el móvil estalló en una nube de humo.
Al regresar a casa la puerta estaba forzada, aunque todo parecía normal. Tan solo había un sobre pegado en la puerta de mi nevera que decía: “Ayúdate a recordar”. Dentro no había más que una pastilla. ¿Qué podía hacer?, podía llamar a la policía, mala idea dada mi condición; o podía fiarme de quien hubiera entrado en mi casa para no llevarse nada, tan solo para dejarme una pastilla. Siempre recordaré la primera sensación que tuve cuando mi cuerpo asimiló la pastilla. Fue una bomba eléctrica que recorría mi cuerpo hasta llegar a su motor, el cerebro. Podía recordarlo todo, no solo de la noche anterior, sino a lo largo de mi vida. Podía recordar las sensaciones de mi primer beso, el miedo del primer día de instituto e incluso trasladarme a cuando era un bebé. Ahora todo estaba claro, llamé a la policía y esperé a que vinieran a por mí para el interrogatorio, sabía quién era el asesino, lo había vivido en primera persona.
“La noche había empezado tranquila tomando unas cervezas y viendo el fútbol, nuestro equipo había ganado y la euforia nos empujó a celebrarlo a lo loco. Las discotecas estaban en el centro de la ciudad, yo ofrecí mi coche porque siempre soy el que menos bebo. Anduvimos deambulando, siendo el centro de las miradas y arrasando con las existencias. Allá donde entrábamos sembramos el caos. La noche se consumía rápido y nuestro hígado no soportaba más alcohol, por lo menos el mío. Nos habíamos encarado varias veces con aficionados del equipo contrario, nada de otro mundo, un par de puños y empujones. No me dejaron conducir, nos disponíamos a regresar a casa cuando uno de esos locos aficionados nos atacó. Dimos marcha atrás, él se puso delante del coche y el nerviosismo hizo acelerar. Por una simple cuestión de física el tío salió por los aires. No sabíamos que hacer, lo metimos en el coche y lo llevamos a las afueras, ninguno quería ir a la cárcel, decidieron acabar con él. Yo estaba totalmente en contra, pero mi conciencia no podía luchar contra mi estado de embriaguez, y me cargaron el muerto.”
Había sido traicionado por mis amigos, todo les podía salir bien, pero una misteriosa pastilla me había dado lo que necesitaba. Ahora ya nada se interponía en mi camino, estábamos solos, mi cerebro y yo.