Estrellas

A mamá siempre le gustó hablarme sobre el universo, lo que más me gustaba eran las estrellas. Un día, cuando tenía unos 8 años, me empezó a explicar una cosa la cual se me quedó grabada para siempre…
–Cada uno tiene un poco de universo dentro suyo. -me dijo con una tierna sonrisa y señalándome el pecho.
-Pero… El universo es muy grande, y yo soy muy pequeña. –le dije yo, dudosa.
-Cariño, eres enorme. –susurró mientras se acercaba a mí para darme un beso en la frente. – Mira. –Señaló el techo de mi habitación y empezó a contarme una de las muchas explicaciones que tanto me fascinaban.- ¿Ves todas estas estrellas? Algún día van a desaparecer.
-¿Van a morir?-le dije triste.
- Si, amor. Pero, ¿sabes qué? Las estrellas, cuando mueren, explotan. Cuando pasa eso, todos los restos de esa estrellita se van a una nube y sirven para crear nuevas cosas.
Me quedé pensativa.
-¿Papá era como una estrella?
Mi madre me sonrió y me dijo:
-La más brillante de todas.

Cuando cumplí los 15 años le detectaron una extraña enfermedad a mi madre. No podía perderla, era lo único que me quedaba. Siempre que salía del colegio iba directa al hospital. Algunos días parecía que todo fuera a salir bien, que volvería a casa… Otros, parecía que estaba despidiéndose. Yo le contaba cosas nuevas que había descubierto, ella sonreía y me felicitaba. Me quedaba hablando con ella hasta que llegaba la hora de irme a casa de los vecinos, vivía con ellos desde que ingresaron a mamá. Cada vez estaba más débil, brillaba menos. Después de casi dos años luchando, llegó el día. Yo estaba en el colegio. El doctor llamó por teléfono porque quería hablar conmigo, ya sabía que no era nada bueno. Lo cogí temblando y hablé:
-¿Si?-dije tartamudeando un poco.
Escuché un suspiro por parte del doctor. Yo no paraba de repetirme lo mismo; “que no esté muerta”, “que no esté muerta”.
-Ha llegado la hora… Ven ya.-dijo él con una voz triste.
Me quedé en silencio, sin poder reaccionar.
-¿Alba?-dijo al ver que no contestaba.
-Ya… Ya voy. Gracias doctor. –colgué y me dirigí hacia el hospital.
Llegué después de un largo trayecto. No, el hospital no estaba lejos, pero al estar perdida en mis sentimientos, el tiempo iba a paso de tortuga.
Cuando estuve delante de la habitación de mi madre ya no estaba. Entré en pánico, ¿había llegado demasiado tarde? En ese mismo momento, interrumpiendo mis pensamientos, llegó una enfermera y me llevó hasta mi madre. La trasladaron a una habitación triste, vacía, silenciosa y apartada de todo. No pude evitar llorar al verla en ese estado, se estaba yendo. Me acerqué a ella y le di la mano, en ese momento se dio cuenta de mi presencia y me dedicó una sonrisa sincera.
-Hola mamá. –dije calmando mi llanto.
-Hola… amor… -dijo débilmente.
-Te quiero mucho mamá, muchísimo. –dije.
Sonrió.
-Yo más… Te he estado esperando… He resistido… Pero no podía irme sin ver a mi princesa…-dijo acariciándome el pelo.
-No me dejes, por favor. Primero papá y ahora tú. ¿Qué será de mí? ¿Por qué la gente a la que más queremos muere?-dije ya llorando.
-Dime, cuando vas a coger una flor… ¿Cuál arrancas?
-La más bonita… Mamá…
Y en ese momento, los pitidos de la máquina que estaba al lado de mi madre, invadieron la habitación.
-¡MAMÁ, MAMÁ! ¡DESPIERTA!-grité.- ¡AÚN NO!
Y volvió.
-Cariño… Esto… Se termina… -pronunció esas palabras con mucha dificultad.
-No quiero que esto se acabé, solo quiero que te quedes conmigo.
-Siempre lo estaré… Seré la estrella más brillante junto a tu padre…
-Siempre estaréis aquí dentro mamá.- dije señalándome el pecho. –todo mi universo, aquí dentro, para siempre.
Me sonrió, y se fue.
El electrocardiógrafo desprendió un sonido seco e interminable. Ella ya no estaba ahí, pero siempre estará dentro de mí, en mi universo.