CAFÉ PARA DOS

Café para dos

Andaba tan metida en el taconeo de mis zapatos que no me di cuenta que Ángel llevaba un buen rato llamándome, tres llamadas perdidas y un SMS para ser exactos. Ángel siempre ha sido muy puntual y yo era más de llegar cinco minutos tarde, lo que casi siempre me costaba muchas llamadas y encontrármelo de morros. Conozco a Ángel des de que tengo uso de razón, y cada vez que siento que voy a caer por un extremo de la Tierra es él quien me agarra.
Aceleré el paso y a los pocos minutos ya estaba en la cafetería. Como siempre me esperaba en la puerta con dos cafés en la mano, uno descafeinado y otro con extra de leche.
Solo acercarme noté algo diferente, algo en su manera de mirar que me puso en alerta. Al saludarme me dio un abrazo forzado, y me di cuenta que algo no estaba en orden. Debí haber preguntado en el primer momento, pero pensé que estaría enfadado por haber tenido que esperar y no le di mayor importancia.
Empezó a hablarme sobre la entrevista que tenía pendiente pero yo no podía escucharle, algo dentro de mi cabeza no paraba de recordarme que no era el Ángel de siempre. Su manera de hablar, los gestos, incluso su manera de acercarse el café a la boca me hacían pensar que aquel no era él, que era una persona con los mismos ojos achinados y la misma sonrisa impecable, pero aquel no era Ángel.
Estaba muerta de miedo, aunque necesitaba saber quién era ese chico y porque conocía hasta el último detalle de mi vida. Quería salir corriendo pero sabía que no podía, no era justo. Debía permanecer quieta, debía abrir bien los ojos y aguantarle la mirada a ese miedo. Pero no pude. Cuando me quise dar cuenta ya estaba chillando, y lo siguiente que recuerdo es estar en una camilla escuchando como desafiaba la lluvia aquella mañana.
Recuerdo ver a “Ángel” llorar desconsolado cuando hablaba con un médico, decía que no entendía nada, que yo parecía una chica normal, ya ves tú, si solo me conocía de veinte minutos.
A día de hoy vivo en una casa muy grande donde todas las paredes son blancas y vamos disfrazados con unas batas de médico, cada uno lleva una pulsera y en la mía dice : “Síndrome de Frégoli”.
Alguien llama a la puerta, abro y como siempre a estas horas aparece Dafne, una chica que siempre me trae café y me explica cosas interesantes. Un día le pregunté por mi pulsera y me enseño una ficha donde ponía : Síndrome de Frégoli, es un trastorno delirante que consiste en la creencia de que personas conocidas tienen otra identidad, no entendí muy bien el significado pero me conformé con el café caliente a primera hora de la mañana.
El de aquel día era descafeinado, como le gustaba a Ángel, al Ángel verdadero, lo que me hizo preguntarme si todavía me esperaba en la puerta de la cafetería con un café en cada mano, enfadado por verme llegar esos cinco minutos tarde.