Bajo la Luna

Se suele decir que la paciencia es la madre de la ciencia. ¿Pero, y el padre?
Todo empezó cuando, bajo el sol abrumador de verano, un hombre estaba haciendo cola para comprar un refresco. Éste se caracteriza por ser impaciente y poco a poco fue perdiendo la calma hasta que una mujer que estaba también en la cola lo agarró de los hombros y le dijo que se relajase. La mujer le sugirió sentarse en una mesa cerca del chiringuito, y el accedió. Después, la mujer apareció con dos refrescos con hielo y empezaron a charlar.
Primero, se presentaron. La mujer dijo “me llamo Paciencia”. “Bonito nombre”, dijo él. “Yo me llamo… ¿ De qué me has pedido el refresco?. “De limón”, aclaró ella. La conversación avanzó y él nunca se presentó, eso sí, le contó toda su vida, al detalle.
“Soy un hombre ambicioso, con una meta, un sueño claro, conseguir el conocimiento total de todo nuestro mundo, e incluso el universo. Por eso es que soy tan impaciente, porque para mi, el tiempo es oro”. “El tiempo es oro, si lo utilizas bien”, añadió ella, con un tono burlesco. Acto seguido, el hombre se levantó y, sin razón aparente se largó.
El mismo día por la noche, él salió a dar un paseo por la playa, descalzo, sintiendo como las suaves olas del mar penetraban por su cuerpo hasta alcanzar su joyoso corazón. Un fugaz pensamiento le pasó por la cabeza: el lindo rostro de esa mujer.
Paró en seco de andar por la playa, miró al cielo y dijo en voz alta: “donde estará…”
A lo lejos vio un fuego encendido, que iluminaba una silueta femenina. Él no le dio importancia alguna, hasta que al llegar al lado del fuego, por primera vez en su amarga vida, se quedó sin palabras. Era ella, la mujer que con sólo su rostro le alejó de cualquier meta o sueño para convertirla en su único destino.
Se sentó a su lado y se disculpó. Continuó con un típico: “que agradables vistas”, seguido de “que buen tiempo hace por la noche”. Paciencia se rió. Esa sonrisa, esa sonrisa le mató por dentro e impulsivamente, la besó. Ambos se quedaron sin palabras, ya que en esa situación las palabras sobraban. Paciencia se acerco a él y susurrándole a la oreja le dijo: “Aún no sé tu nombre” a lo que él le respondió: “Ni yo mismo lo sé”. Con un rosto confuso, Paciencia dijo: ”Tu meta es conocer todo lo desconocido, saber todo lo no aprendido por nadie, sin embargo no sabes tu nombre”. Hubo un silencio cautivador y después él procedió: “te equivocas, mi meta ya no es saberlo todo. Mi meta está justo a mi lado”. Ni una sola palabra más salió de ambas bocas. Se apagó el fuego, para que se pudiera encender otro. Entonces, bajo la luna llena, en una noche de verano, abrazado por el mar, nació la ciencia.