Documento Nacional de Identidad

No paro de jugar con mis manos. Noto el sudor en ellas. Tomarse la foto para el DNI no es cosa de bromas. Esta foto puede marcarte y serle útil a tu madre para ridiculizarte delante de sus amigas mientras toman el brunch. Y, es que, sí, mi madre es de esas que sacan el monedero y presumen de hija con tus peores fotos. Lo que estaba diciendo, que me voy del tema, es que, ahí estoy yo, aguardando mi turno en la dichosa cola, al final de la cual me enfrento a la cámara.
Parece que la hora nunca llega y con el paso del tiempo aumentan también mis nervios. Poco a poco voy avanzando. Y, cuando voy a revisar por quinta vez el muro de Instagram, los mensajes de WhatsApp y las historias de Snapchat , llega mi turno. Entro lentamente en la luminosa habitación donde el fotógrafo me espera y me indica que tome asiento en el pequeño taburete. Realmente me doy cuenta de lo que voy a hacer cuando el fotógrafo me pide que levante la cabeza, me aparte el cabello del rostro y mire fijamente a la cámara. En ese instante el tiempo se ralentiza y me enfrento cara a cara con mi peor enemigo. Mientras el muchacho prepara la cámara me asaltan las dudas: ¿Tendré restos de comida entre los dientes? No lo sé, no he podido resistirme a ese croissant que tan buena pinta tenia. ¿Destacarán mucho mis ojeras consecuencia de una larga noche de estudio? ¿O quizás capte toda la atención la enorme espinilla que habita en mi mejilla? La vida del adolescente es demasiado ajetreada como para acordarse todos los días de maquillarse. Y, es que, hoy no llevo ni pintalabios ni mascara de pestañas y, mucho menos, tapa ojeras. En la foto saldré al natural. Estando sumergida en mis pensamientos no me he dado cuenta de que el fotógrafo tomará la foto en breve. Si antes ya estaba nerviosa ahora ya, casi vomito. No por favor, ahora no. El joven empieza la cuenta atrás: 3… Noto la aceleración del corazón y a sí mismo la de mi respiración. Se me seca la garganta. 2… Sí, confirmado, en el peor momento me vienen ganas de estornudar pero debo evitarlo y para ello sigo posando con mi mejor sonrisa que, poco a poco, se convierte en falsa. 1… El estornudo es casi inevitable, y parece que el tiempo no avanza. Como mínimo, si voy a estornudar, que sea con los ojos abierto para no estropear tanto la foto. Pero, en cuanto la aguja segundera del reloj de pared marca el segundo “0”, un flash se dispara junto con mi estornudo. Me levanto temblorosa para mirar como he quedado en la fotografía. Cruzo los dedos y deseo haber estornudado con los ojos abiertos como mínimo.
El domingo siguiente me encuentro a mi madre almorzando en el cetro comercial. Oh no, otro de su brunch. Me acerco para saludarla y veo una foto en la mesa. Deseo que no sea mía pero, efectivamente, lo es. Odio esa foto. Salgo con los ojos cerrados y la cara arrugada.
Y, es que, amigos míos, la ciencia ha demostrado que es imposible estornudar con los ojos abiertos.