Los pies en la tierra

Eran las seis de la mañana, Edward se encontraba en la estación espacial de Houston, Texas, a solo 100 quilómetros de cumplir su sueño, ser astronauta. Aun así, estaba muy nervioso y temblaba un poco porque sabía que este podía ser su último día si algo salía mal. Con esos nervios y ese enorme traje espacial chorreaba de sudor. Pero él era un hombre de fe sabía que no podía salir mal, un montón de ingenieros, astrónomos, físicos y muchos más habían estado trabajando en esa misión, la de llegar a Marte.
Su familia estaba allí despidiéndose de él por una temporada y animándolo a cumplir su sueño. Junto a ellos sus compañeros de viaje también se despedían de sus familiares y amigos.
Entonces llegó la hora, después de las últimas instrucciones del director de la misión y la revisión del cohete, se dirigieron hacia sus puestos.
Primero encendieron motores, luego controlaron la estabilidad, después los cinturones de seguridad y entonces la cuenta atrás, diez, nueve, ocho, siete, a Edward le iba el corazón a mil y miraba hacia delante con determinación, seis, cinco, cuatro, se agarraba intensamente a la silla mientras cerraba los ojos con fuerza, tres, dos, no pensaba en nada, tenía la mente en blanco, uno, ¡despegue! Se encendieron los propulsores bruscamente, agitando a todos los tripulantes como si fuesen muñecos. Fuera estaba lleno de periodistas y cámaras que grababan el despegue del inmenso cohete.
Se dirigía hacia arriba cada vez más rápido, pero de repente algo fallo el gigantesco artefacto creaba una parábola descendente, iba a impactar a gran velocidad. Nadie se lo podía creer un final muy trágico para esas valientes personas que habían arriesgado sus vidas para fines científicos y que tenían una enorme ilusión.
Pocos segundos más tarde el cohete cayó en el océano creando una grande explosión.
Oyó unas voces que le gritaban mientras abría los ojos lentamente.
- ¡Edward, Edward!
- ¿Cómo te encuentras? Te has desmayado mientras salíamos de la atmosfera.
Por suerte había sido un sueño.