El resfriado

El resfriado
Estaba en la calle con mis amigas en una noche fría de invierno, me estaba helando de pies a cabeza, ya se habían ido todas, menos una. Estaba esperando a los padres de mi amiga para que la vinieran a buscar. Ella estaba, con guantes, bufanda y un abrigo tan largo que solo se le veían los tobillos y la nariz, mientras que yo solo me había traído, una chaqueta muy fina, que abrigaba poco. Al fin llegaron sus padres, me despedí y me fui a casa caminando poco más de una hora a cuello destapado. El viento era fuerte, frío y constante, era como si estuviera a pocos kilómetros del Polo Norte. Llegué a casa, saqué las llaves de mi bolsillo, entré, y mis padres se quedaron boquiabiertos al verme, yo a esas horas, con esa temperatura y con esas pintas, total, que directamente me tomé una ducha calentita y después fui a la cama.
Al día siguiente me levanté por la mañana con dolor de cabeza, le resté importancia, pero después hacia el mediodía me fui encontrando peor, y los estornudos hicieron su aparición. Acumulaciones de pañuelos en mi bolsillo, la cabeza parecía rodarme en círculos, me sentía mal. Cogí el móvil y anulé la cita que tenía con mis amigas, yo no podía ir en ese estado.
¡Me había resfriado!
Me acosté en el sofá, para ver si se me pasaba el dolor de cabeza, pero nada. Al entrar mi madre en el comedor, me puso el termómetro, i sí, tenía fiebre. Los mocos no paraban de aparecer, me goteaba la nariz, luego me vinieron los dolores en la cabeza, era horrible, me encontraba fatal, era como tener rocas en la cabeza. Empecé a hacer vahos para destapar la nariz. Ahora no eran sólo la cabeza y la nariz, sino también los ojos, me lloraban y estaban rojísimos, igual que la garganta, que me dolía mucho. No paré de toser durante un día entero, tenía una sensación de malestar general. Lo que mejor iba para estos casos era dormir, porque el dolor de los músculos se iba relajando, y seguro que me iba a sentir mejor.
En la mañana del tercer día, seguía igual, no mejoraba. Para almorzar, mi madre, me había preparado un yogurt con miel, para que se me calmara el dolor de garganta, y dos medicamentos que me tenía que tomar varias veces al día. Iba con una manta con la que me hubiera gustado desaparecer durante unos días y una mascarilla en la boca para no contagiar al resto de mi familia mientras estornudaba, tosía, o simplemente hablaba.
Mi garganta estaba al rojo vivo, mi cabeza a punto de explotar y todos mis huesos me pedían urgentemente que me metiera en la cama. ¡Los virus estaban ganando! Pero no podía permitirlo. Me fui a la cama con tres mantas encima y empecé a sudar. Sudé y sudé hasta mojar todas las sábanas.
Al cuarto día ya me encontraba mucho mejor, las aspirinas habían hecho su efecto, y el calor de la noche había conseguido matar a la mayoría de virus. Ahora ya no era contagiosa. Podía tragar de nuevo, mis bolsillos volvían a estar vacíos de pañuelos, mis ojos eran trasparentes como siempre. Mi vida social reaparecía. Si esto había sido un vulgar resfriado, no podía imaginar qué sería estar enfermo de verdad.

Alba Ginovart