Una imagen duele más que todas las palabras juntas

Todo fue de repente, inesperado, en un abrir y cerrar de ojos. Ahora os contaré la historia que cambió mi vida.
Un día como cualquiera salí de casa un poco más temprano, para ser exactos veinte minutos, solo veinte, puede que esos veinte minutos me salvaron la vida. Como iba diciendo, al salir de casa pasé por una cafetería y me senté a tomar un café. Empecé a pensar en el día que me esperaba, el papeleo que tenía que ordenar en el trabajo y la hora en que saldría de trabajar. Al cabo de cinco minutos salí de la cafetería y puse rumbo a mi despacho, que está o mejor dicho, estaba en la duodécima planta de una de las torres gemelas. Como llegué temprano, decidí salir antes del trabajo y me dirigí al parque. Ese día hacían una exposición de ciencia y me fijé en el niño que iba con silla de ruedas, pensé como sería mi vida si yo estuviera en silla de ruedas, pero de seguida me lo quité de la cabeza. Volviendo para casa me acordé que me había dejado la autorización para que mi hija pudiera ir en aquella excursión. Hiendo hacia el despacho vi dos aviones que iban muy bajos y que se dirigían a las torres gemelas, en ese momento me paré en seco y me quedé bloqueada observando. Me vinieron un montón de preguntas en la cabeza, un montón de respuestas y ninguna lógica. Yo y toda la gente de mi alrededor estábamos quietos, sin hacer nada. Algunos lo gravaban, ya dirás tu porque. En el momento en que cerré los ojos para buscar alguna razón de los sucesos, pasó. Pasó aquello que nadie esperaba, abrí los ojos de inmediato y lo vi, lo vi con mis propios ojos. Me hacían daño los ojos de tanto fuego que había y me hacían daño las orejas de tanto ruido. La cabeza me empezó a dar vueltas. No lo podía creer, ¿qué estaba pasando? Volví a cerrar los ojos, y en cuánto los abrí ya no habían torres gemelas, no había nada. Nueva York había muerto de golpe. No sé porque pero empecé a correr, sin rumbo, corrí como nunca antes lo había hecho antes, hasta que mis piernas me dijeron basta. En ese momento de mi cuenta de lo sucedido, y fue cuándo cayo la primera lágrima de muchas, de demasiadas. No podía parar de llorar, estaba al suelo, tirada y me empezó a vibrar el móvil. Mi hija, mi única hija me estaba llamando y me volví a bloquear. Fui tonta al no tener fuerzas para coger-lo, hice sufrir a mi familia. Perdí la noción del tiempo pero recuerdo que pocos minutos de esa llamada me puse a correr hacia mi casa. Ésta vez corrí más deprisa, sabía que mi familia estaba sufriendo por mi, no sabían si yo estaba muerta, herida o viva. En realidad estaba las tres cosas, muerta y herida por dentro y viva por fuera. Creo que fue la vez en que el camino, rumbo a mi casa, se me fue más largo. Llegué, sin fuerzas, agotada, sin casi respiración, pero llegué. Al entrar vi a mi hija llorando mirando la tele y mi marido haciendo llamadas por teléfono, los dos se giraron hacia mi, corriendo vinieron y se tiraron encima. Me puse a llorar en medio de ese abrazo tan mágico. Cuándo me calmé un poco, les expliqué todo, cada uno de los detalles y contando eso me di cuenta que había sido una egoísta, había pensado en mi y solo en cómo me sentía yo. ¿Y mis compañeros? ¿Vivos? ¿Muertos? Y otra vez lloré. Pasé las veinte horas siguientes sentada en el sofá mirando el telenoticias. Todavía me costaba creerlo. El doce de septiembre salí de casa y fui hacia lo que quedaba de mi segundo hogar. Era impactante, no había nada. Pocas horas después supe que compañeros seguían vivos, y de mi planta, solo tres no habíamos muerto, y fue porque no estábamos dentro. Necesité días, psicólogos, tratamientos para recuperarme, pero nada funcionó. Nunca volví a ser la misma. Me destrozaba el corazón pasar por dos inmensos agujeros vacíos, dónde yo había pasado años casi viviendo en la duodécima planta. Me puse a pensar y recordé aquellos veinte minutos que me salvaron la vida, pero también pensé en aquel abrir y cerrar de ojos que me la cambió, para siempre.