(No)s(otros)

La luz de un nuevo día se deja ver por los agujeros de las margaritas que tanto te gustan. Flores amarillas bordadas a mano, forman unas enormes cortinas que cubren las cuatro cristaleras de nuestra habitación. Abro los ojos y una especie de nube blanca me da la bienvenida un día más. Me levanto (primero el pie derecho, luego el izquierdo) y con el batín puesto me dirijo hacia el cuarto de baño más próximo, oigo como resbalan las gotas de agua por tu delicado cuerpo, y desvío mi trayectoria hacia el piso de arriba.

Mientras preparo dos tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, dos cafés solos y un zumo de naranja, miro por la ventana y veo el coche de Natalia. Justo cuando el café empieza a entonar las primeras notas de su canto, llaman a la puerta. Ya voy yo, digo, y veo la cara angustiada de Natalia por el telefonillo. ¿Sí?, soy Natalia papá. Abro la puerta y voy a la cocina a acabar con mi desayuno. Pasa cielo, como estás dice ella, muy bien contesto, ya sabes, como siempre. Me sonríe con una mirada cansada, de dolor y se da cuenta de que su teléfono móvil estaba sonando. Lo coge, sin oír como le decía que su madre había vuelto para estar conmigo, y que estaba hermosa vestida de blanco. Natalia sigue sumergida en su conversación telefónica y se despide tal y como había entrado. Que raro pienso, me aseguro que la luz del baño sigue encendida y voy al salón a terminar de leer el periódico. En la portada anunciaban la muerte de una mujer esa misma noche, de nombre aun desconocido, y todo apuntaba a ser un asesinato. Una sonrisa se escapa de mi boca y abro el periódico por la sección de deportes.

Hace una día soleado de invierno, el viento , que empuja las hojas de los árboles que aun las tienen, parece repetir la melodía de una canción de Coldplay, la de tu canción favorita, esa que tarareabas siempre que te ocurría algo bueno. Parece ser un día de lo más normal, aun que algo agitado, ya que a lo lejos, se oyen en un permanente eco las sirenas de la policía. Después de digerir mi desayuno, voy a ver como esta Claudia, la luz de mi vida. La puerta de la habitacion esta entreabierta, y desde el pasillo puedo ver la marca que ha dejado con sus pies mojados, y la toalla encima de la puerta lanzada con arbitraria puntería.

Las voces, esas voces que a veces oigo, me recuerdan que ahora eres mía, tan mía que más mía no puedes ser. Y yo soy tuyo, yo y estas voces que al parecer forman parte de mi, estamos entregados enteramente a ti. Y formamos un nosotros, algo tan nuestro, donde tu tuya tan mía y mi mía tan nuestra hablan desde fuera para enseñarnos desde la pasión, como vivir la vida y como morir la muerte.

Entro en la sala, y veo tu pelo rubio justo como lo deje ayer, tu cuerpo desnudo reflejado en el espejo del tocador, y en tu frente, el agujero marca de nuestro amor, fruto de nuestras voces, y te veo viva, tan viva que más viva no te puedo ver. Tu cuerpo flota como las nubes mientras tarareas esa canción de Coldplay, las sirenas cada vez más cerca, me privan de escuchar la dulzura de tu voz y toda la felicidad que desprendes. Entran tirando la puerta abajo, aullando como lobos, mientras tú y yo bailamos al ritmo de la música. Las voces, las nuestras, nos aplauden mientras los lobos aullando me lanzan contra el suelo haciendo llorar a Natalia que venia detrás gritando, ¿Porqué lo has hecho? ¿Porqué la mataste? Me arrastran por el suelo creyendo alejarme de mi amada y nosotros no reímos, nos reímos de ellos. No os dais cuenta digo, ahora empezamos a vivir, ahora, juntos, somos como pájaros que planean por el cielo de la vida, infinitos, eternos, y siempre seré eternamente suyo, y ella, eternamente mía.

- Cuando Natalia fue a la clínica a visitar a su padre, él seguía riéndose, batiendo las alas como un pájaro, y tarareando una melodía desafinada mientras hablaba con su difunta mujer, a la que él había matado. El viejo estaba loco.