Próxima parada: Londres

Próxima parada: Londres


Una luz tenue va abriéndose paso entre la oscuridad lejana y el chirrido de los frenos del tren hace levantarme sistemáticamente. Colgándome la mochila de un hombro me dispongo a entrar al vagón con decisión. Durante un instante llego a creer que hoy va a ser distinto, que hoy lo voy a conseguir. Pero pronto mis ilusiones se desvanecen, primero sus risas a lo lejos, luego su particular forma de arrastrar las zapatillas y finalmente los veo por e rabillo del ojo. Miro hacia otro lado deseando hacerme invisible.

- ¡Eh, mirar a quien tenemos aquí!
- ¡Pero si es el jeringuillas!
- ¡A por él!

¡Oh no! Grito sin poder reprimir-me. Al igual que en la película “El día de la marmota” aparecen de nuevo el grupo de cuarto de la E.S.O. que se dedican a mortificarme cada mañana.

Trato en vano de subir al tren, pero una mano me agarra de la mochila y con un solo movimiento salgo disparado al suelo del andén.

Pip,pip,pip,pip - Se cierran las puertas y el tren se aleja con todos los chicos de la banda mirándome a través de la ventana y riendo. Miro el reloj de la estación, menos cuarto, esta vez tendré que correr a tope. Me levanto y saco mi kit de emergencias de la mochila, me bebo mi Coca-Cola y me siento como Popeye. Arranco a correr con todas mis fuerzas y las lágrimas de los ojos no me molestan, no los necesito, mi cuerpo ya sabe el camino de memoria. Como ya he dicho antes, no es la primera vez ni la segunda que la banda me deja en el andén, de hecho este curso creo que he ido mas días corriendo que en tren. Mientras corro a toda velocidad, pienso en mi madre y no puedo evitar sonreírme, si me viera se desmayaría. Desde que me diagnosticaron la diabetes, no puede dejar de tratarme como a un bebé. Por mucho que los médicos le digan que debo hacer ejercicio, se niega a que mueva un solo dedo del pie. Se moriría si supiera lo de la banda.
Menos un minuto, entro en clase y el timbre suena detrás de mi. Buf, lo he conseguido de nuevo, pero esta vez ha ido muy justo.

En tutoría, el profesor nos recuerda que mañana debemos estar en el campo de atletismo a las nueve. Serán las pruebas Inter-escolares, y el primer chico y chica de cada categoría ganarán una beca para ir a estudiar un año al mejor colegio de Londres con todos los gastos pagados. – Me encantaría, es la mayor ilusión de mi vida, y voy a intentarlo con todas mis fuerzas, aunque sé, que no va a ser fácil. Muchos otros chicos de otros colegios y del mío propio, llevan meses entrenando.

Me despierto a las 5h de la mañana. Mi cabeza no deja de recordarme que debo dormir para tener fuerzas durante la carrera, cierro los ojos y espero, pero no me duermo, los chicos de la banda, el tren y la pista de atletismo no dejan de aparecer en mi duermevela. Estoy muy nervioso. Tomo mi medicación.
Por fin llega la hora. Una música alegre suena por megafonía y el speaker no deja de darnos ánimo a todos recordándonos las normas de la carrera, que son seis kilómetros, y como no, el nombre del patrocinador de las pruebas y el gran premio. Calculo que seremos unos quinientos corredores. La gente no deja de moverse algunos recorren distancias cortas para ir calentando Yo prefiero estar quieto. Pasan dos minutos de la hora de salida. Estoy en la cuarta fila, creo que entre los sesenta primeros. Ahora estoy muy nervioso.

De pronto, el pistoletazo de salida. Las primeras filas salen disparadas y ahora tengo espacio delante de mi. Comienzo a correr, tras unos minutos voy cogiendo el ritmo y empiezo a adelantar a algunos chicos. Ya no estoy nervioso, ahora me siento bien, en mi terreno. Adelanto a dos de la banda y me sitúo entre los diez primeros. Vamos deprisa, a unos cuatro minutos el kilómetro y algo me dice que puedo ganar. Cuándo queda un kilómetro estoy en tercera posición, los tres aceleramos, pero pronto quedamos sólo dos. Voy en segunda posición. Entramos en la pista de atletismo, dónde debemos correr los últimos 400 metros. Estoy tranquilo, siguiendo el ritmo del primero, y después de la última curva, cuándo quedan menos de 200 metros, respiro hondo, cojo aire y mis piernas responden a toda velocidad. Ahora soy yo, el que va en el tren y la banda se queda en el andén. Adelanto al primero, sigo corriendo y mi cuerpo rompe la señalización de llegada.