Virus, tu mano en la mía

Estaba por todas partes. La sangre había manchado las paredes del laboratorio, sus manos ya no tenían el color de la carne sino solo el de su misma sangre. La cabeza le dolía y todo en su alrededor giraba. El chico a su lado se acercó para preguntarle si se encontraba bien. Le pasó una pequeña ampolla que contenía un líquido de color verde muy brillante. Miró al doctorando en los ojos, su preocupación frente a la posibilidad de contagio determinaba las severas facciones de su rostro. Tragó el líquido sin decir una palabra, luego echó un vistazo al interior del laboratorio: los demás químicos del equipo estaban tumbados al suelo, sin moverse, sin aparentes signos de vida. No se acordaba qué había pasado. El chico – ¡ni se recordaba su nombre! – le dijo que debían salir pronto de este infierno. No podía, no quería moverse, su corazón empezó a latir con una fuerza impresionante dentro de su pecho, la respiración se aceleró y quería solamente llorar o gritar. El doctorando asió sus hombros con decisión y con una sola mirada le hizo entender que debía reaccionar de una manera u otra, pero que no fuese esta.
Después de algunos segundos, se levantó, no entendía de dónde provenía la sangre así que él le dijo que no era suyo, por lo menos no todo, tenía una herida en la frente pero nada grave. Tras estas explicaciones, no se tranquilizó mucho. Cogió un cuchillo que utilizaban durante las experimentaciones, así habría podido defenderse en caso de peligro. Sintieron un ruido que provenía de la cámara frigorífica, se acercó. En un momento se dio cuenta de que sentía nada más que el silencio, no oía los gritos ni las alarmas que resonaban por todo el edificio, se centró en la posibilidad de que hubiese algún tipo de peligro. Con el cuchillo en la mano, los nervios y todo su cuerpo en estado de alerta, se encaminó hacia la puerta de la cámara de donde venía el ruido cuando una mano ensangrentada batió contra el cristal de la ventana en la pared. No gritó pero sí que se asustó. Poco después vio la cara de Juan, ensangrentada que frotaba lentamente contra el cristal; tenía una expresión perdida en la locura de la enfermedad que estaba destruyendo el mundo desde hace unos meses; se dio cuenta de que sus ojos eran cristales sin alma, miraban pero no veían, sus recuerdos ya no existían, se habían desvanecido entre las células infectadas. Las lágrimas no tardaron en presentarse. De repente el doctorando se puso a correr hacia su misma figura, agarró su mano y se dirigieron al pasillo para alcanzar la salida de emergencia.
De vez en cuando se encontraban con un cadáver, unos cuerpos inmóviles que no habrían tardado en transformarse en algo diferente, algo terrible que iba en contra de todo tipo de naturaleza y de toda explicación humana. La mano del chico era fría, sus movimientos eran decididos aunque audaces y no aparentaba miedo. Cuando el doctorando paró de correr, vio que delante de ellos estaban dos figuras de espalda que se movían lentas y de manera sospechosa, afortunadamente estas no se enteraron de sus presencias. Dieron unos pasos hacia atrás silenciosamente para buscar otra vía de huida, pero no encontraron ninguna, lo único que podían hacer era seguir corriendo por el pasillo, el chico le indicó la puerta, ¡la veía! Se acercaron silenciosamente a los hombres, no respiraban sino que emitían unos estertores: era la confirmación que estaban esperando; con una velocidad que no creían poseer, ambos al mismo tiempo, en un movimiento sincronizado dictado por el instinto de supervivencia, hincaron los cuchillos en las nucas de los dos seres inhumanos. Esperaron que cayesen al suelo para volver a correr. Después de unos poco pasos, llegaron a la salida de emergencia. Delante de la puerta blanca, aunque un poco gris por el polvo y el humo causados por la explosión, miraron las barras antipánico rojas, luego se miraron a los ojos llenos de esperanza pero también de terror por lo que habrían podido encontrar al otro lado de la puerta.
Nuevamente, en un movimiento de ambos a la vez, abrieron la puerta y el escenario que encontraron era el apocalipsis: los gritos de la gente, las alarmas y las sirenas que sonaban por toda la ciudad, las llamas de unos incendios que desde la tierra iluminaban el cielo, unas llamas que se alzaban desde un lugar sin ninguna posibilidad de futuro hasta teñir las negras nubes del color rojo de la sangre y del miedo.