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Me paso la vida observando vidas ajenas y en realidad poco me importan. He perdido las capacidades del habla y me mareo con facilidad porque mis ojos no aguantas tantas horas de luz roja, verde y azul. Se me dividen las retinas con sueños de otros lugares que siempre están físicamente lejos. He perdido prácticamente a mis amigos y mis piernas ya no conocen la flexibilidad ni la forma. Me desplazo al baño con un esfuerzo de titanes y a veces llaman al timbre para traerme una compra grasa y edulcorada.

Cuando salgo a la calle la gente me parece extraña y tan ausente como yo. Ya no alcanzo a cruzar una mirada en la misma línea de horizonte y es imposible enamorarse de los ojos de una bella mujer. Casi quisiera ser y vivir como un perro para al menos descifrar la expresión de la mirada de esos transeúntes que ya no se cruzan con nada.
Mi familia ahora es virtual. No escucho jamás sus palabras ni sus discursos de paternalismo para darle algo de valor a tu vida. Me acostumbro fácilmente a la distancia y a veces su imagen se congela y su voz se esfuma por completo.
He conocido personas. Otras personas que caminan más despacio, pero que siempre quieren estar en todas partes.
Me cuento cosas que un día me van a crear disfunciones y hablo solo en conversaciones portátiles que nunca se acaban. El infinito ha dejado de ser astronómico o filosófico y se centra a la pura matemática de la que somos ajenos y absurdos.
El cuerpo divisorio, la frustración, el anhelo y la culpa de no estar en todos los lugares al mismo tiempo es una cruz que pesa y que nos lleva de puntillas al abismo de nuestra propia redención.
La música tiene 3’5 pulgadas y nuestro ritmo depende de una resolución dudosamente aleatoria.

Tal vez algún día conozca el color de tus ojos y puede que sepan mirarme como yo he olvidado hacer detrás de este muro gris que soy yo mismo.