Por fin

-¡Lo tengo!
José se irguió en su silla y se llevó las manos a la cabeza.
Se quedó mirando boquiabierto la muestra ya tan familiar para él.
Había estado estudiándola con el microscopio durante semanas, y por fin había obtenido el resultado que buscaba.
Se levantó rápidamente de la silla y salió del laboratorio. Atravesó el pasillo a toda prisa y entró en su despacho. Después descolgó el teléfono y marcó el número de su compañero.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que le temblaban las manos y no podía estarse quieto. Tampoco podía dejar de sonreír.
Mientras esperaba que Raúl lo cogiera, respiró hondo, y pensó que su vida acababa de cambiar. La suya y la de miles de personas.
-¿Sí?
-¿Raúl? ¡Lo he conseguido! ¡Ha funcionado! Estoy que no puedo ni hablar.
-Tranquilo, José. Cálmate. ¿De qué me estás hablando?
-¡De la muestra de leucocitos! ¡Funcionan!
Hubo un silencio, y José se dio cuenta de que su colega estaba tomando conciencia de la situación.
-¡Madre mía...! Vale, voy ahora mismo. Quédate allí, que yo llegaré en veinte minutos.
José colgó el teléfono y tomó aire nuevamente. Tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a llorar. Estaba emocionadísimo.
Volvió al laboratorio y se sentó frente a la muestra. La miraba como si fuera la niña de sus ojos.
Así estuvo hasta que llegó Raúl. Solo entonces se levantó de la silla.
Las palabras -hasta el "hola"- sobraban. Raúl tomó asiento y observó a través del microscopio aquellas diminutas células moverse de un lado a otro sobre el pequeño cristal. Después de unos minutos miró a su amigo. José nunca le había visto tan feliz.
-¡Cuéntame! ¿Cómo lo has hecho?
José empezó a explicar todo el proceso aceleradamente.
-Pues, como ya te dije, hace unos meses mi hija me pidió que la ayudara a preparar un examen de biología. Mientras ella me hablaba de los glóbulos blancos, se encendió una bombilla en mi cabeza. Como bien sabes, los leucocitos combaten agentes externos, y así nos protegen de infecciones. Y entonces me dije: "¿Y si pudiéramos cambiar su mecanismo para discernir qué es lo malo y qué es lo bueno?". Sería como cambiar la mentalidad de una persona, para que deje de proteger a nuestro enemigo y nos ayude a derrotarlo. Si lográramos hacer esto se acabaría todo el problema. Desde entonces he estado meses intentándolo . Modifiqué el ADN de los leucocitos de todas las maneras que se me ocurrieron, pero el resultado siempre acababa siendo el mismo...
-Empezaban a atacar a células sanas, lo sé.
-¡Sí! Y era desesperante. Por eso me cogí unos días libres la semana pasada. Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Pero ayer por la mañana, poco después de llegar aquí, tuve otra idea. ¿Y si la clave ni estaba en modificar el ADN? ¿Y si no tenía que modificar el código genético del glóbulo blanco, sino simplemente "convencerle" de qué células eran amigas y cuáles no?
-¿Y eso es posible?
José se rió.
-¡Al parecer, sí! La verdad es que todo lo he comparado con el comportamiento humano, aunque parezca que no tiene sentido. No puedo demostrar que tenga ninguna relación. De hecho, no creo que la tenga, pero los hechos están ahí -señaló el microscopio- y la realidad es que ha funcionado. Suerte, supongo.
Raúl sonrió y dijo:
-Si ha sido, como tú dices, suerte, entonces la humanidad ha avanzado más por azar que por cualquier otra cosa. Aunque, personalmente, no creo que una idea afortunada sea suerte. Pero, volviendo a los glóbulos blancos, todavía no me ha quedado claro cómo has conseguido que atacaran sólo aquello que tú querías.
-Los engañé. Alteré la superficie de las células que me interesaban para que parecieran los microbios de un resfriado. ¡De un simple resfriado! Los leucocitos, al examinarlas, no los reconocieron y acabaron con ellas. ¡Y lo mejor de todo es que esta sustancia que se asemeja a los microbios solo se adhiere a las células dañinas, por lo que los glóbulos blancos sólo las atacarán a ellas!
-Brillante...- Raúl se levantó de la silla y puso su mano sobre el hombro de su amigo. Después a su alrededor, como si hubiera un público escuchando-. Damas y caballeros: les presento a José Rodríguez, el hombre que encontró la cura para la leucemia.