Loveborg

Turner salía del Waldorf leyendo con satisfacción casi infantil el contenido de un sobre. Le notificaban que había sido electo miembro de la Academia Nacional de Ciencias por sus contribuciones a la bioelectrónica. Al levantar la cara para entrar en la puerta giratoria se dio de bruces con una mujer bella y elegante, que emergía resplandeciente con una bolsa de Hermès colgada del brazo. Era ella.
Bastó un instante para que ambos reactivaran la memoria del romance que vivieron casi treinta años atrás. Se habían conocido en Cambridge, Massachusetts. Ella estudiaba una maestría en filología romance y él hacía un doctorado en robótica. Eran radicalmente distintos y ejercían un ingenio afilado, lo que les permitió forjar una relación basada en el sexo y la disputa que los hizo amarse con pasión durante casi una y mil noches. Luego a él le ofrecieron la cátedra en Stanford y ella decidió irse a vivir a Europa. Sin amargura, cada uno siguió su camino y, sin dejar de quererse con ternura —así lo suponía él—, casi no se habían vuelto a ver.
—Corinna —dijo sorprendido. La miró de arriba a abajo y sentenció: —Veo que estás muy... buena... todavía.
Ella, mantuvo la mirada; como si fuera un matador de toros, puso una mano en la cadera, adelantó lentamente un pie y con una elegancia demoledora replicó:
—Pues así como me ves, sweetie, estoy jodida... Me van a poner un marcapasos. —Hizo una pausa minúscula para disfrutar el desconcierto que produjo y lo desafió diciendo: —Hackémalo, guapo.
—Mejor te invito a cenar —replicó veloz evadiendo el envite. Y tomándola del brazo ocultó el pesar que la noticia le produjo.

Después de esa noche no se han vuelto a ver, aunque ella lo recuerda con cierta frecuencia. Es un recuerdo agridulce, pues cuando ella se siente triste, el marcapasos vibra de una manera peculiar, entonces recibe un whatsapp con un emoticón de diablo sonriente, y en su spotify suena una canción de Carole King.