Viaje al pasado

Fabián era asiduo a las pinacotecas. Su afición le venía de su padre, un reconocido pintor de un barrio burgués de París. Sus años de adolescencia habían transcurrido entre clases de pintura en una academia del barrio bohemio de Montmartre, y sus estudios de ciencias en el prestigioso Liceo Louis –le-Grand, donde siempre había mostrado curiosidad e interés por lo desconocido y por el origen de las cosas.
Con el paso de los años se había vuelto una persona muy metódica. Había llegado a ser redactor jefe en una revista de carácter científico. Para ir al trabajo solía vestir traje, habitualmente de color gris, rematado con un elegante fedora en su cabeza, y siempre portaba un maletín de cuero negro.
Aquella mañana, como venía siendo corriente en los últimos días, volvió a visitar la galería y se situó delante de un cuadro que marcaría a partir de entonces su existencia. De pie, frente al cuadro, recorría con su mirada, y casi sin pestañear, cada rincón del mismo. La exposición iba a estar abierta al público toda la semana. El tema central era la recursividad.
Con una puntualidad asombrosa, Fabían no faltaba a su cita diaria con el cuadro y parecía despedirse del mismo con nostalgia rumbo a su casa.
El lienzo en cuestión era un óleo sobre tabla de 1800, de autor anónimo, que mostraba en una pequeña sala un primer plano de una mujer sentada sobre una silla, acompañada de un niño pequeño agarrado a sus piernas, y amamantando a un bebé que sostenía entre sus brazos. En uno de los laterales de la habitación aparecía, sobre una estantería de madera, un antiguo reloj francés de sobremesa del XVIII. La esfera del reloj dorado, aparecía flanqueada de dos querubines alados. Bajo la estantería, se dibujaba una antigua estufa de leña que aportaría calor a la estancia. El último ornamento en la escena lo significaba un austero espejo cuadrangular colgado sobre la pared frente al reloj. En él se reflejaba la estantería y el reloj con los querubines. Pero había algo más, o mejor alguien más, era la silueta de un hombre de traje gris que miraba fijamente al posible observador del cuadro. Este hombre lucía un elegante fedora sobre su cabeza y colgaba de su brazo un maletín de cuero negro. No cabía duda, era él, Fabián.
Desde que vio por primera vez este cuadro y percibió esta rareza, no dejaba de asistir a la galería todos los días, a la misma hora, las 12 del mediodía, la hora que marcaba el reloj del cuadro, y no cesaba de observar la imagen buscando respuestas a aquella inefable circunstancia, fascinado por la extraña situación de contemplar un cuadro del que formaba parte.
¿Cómo podía aparecer en el cuadro si en el momento de la creación de la obra aún no existía?¿Como podía tener conocimiento el autor de la obra de su vestimenta, de su fedora, o de su maletín? Eran preguntas que Fabían no dejaría de repetirse.
Un día, asomado al cuadro nuevamente, y absorto en sus pensamientos, le hizo tomar conciencia de la realidad la voz de un niño dirigiéndose repetidamente a su madre. Giró inicialmente la cabeza hacia atrás, y, como prediciendo la próxima escena, completó el giro el resto de su cuerpo, observando ante sí a un niño, agarrado a los pies de su madre, sentada sobre un banco, amamantando a un bebé, mientras el reloj de la galería, al fondo, marcaba las 12 del mediodía.