La guerra

En el momento en el que construyeron la primera estación lo supimos. Supimos lo que debíamos hacer. Se acercaban demasiado a nosotros. Los grandes telescopios, los satélites y los estudios sobre la cantidad de materia existente les llevaría inevitablemente a descubrirnos escondidos entre las estrellas. Las pequeñas incógnitas celulares descubiertas por sus cada vez más sofisticados microscopios electrónicos, iban a descifrar el código de nuestra naturaleza.

Pero nos confiamos durante siglos. Siempre miraron hacia las estrellas. Estaba en su naturaleza. Las estrellas les atraían, les elevaban, azuzaban su imaginación. El firmamento que les rodeaba abrió su camino hacia la observación y la lógica. Pero sus conflictos internos siempre les derrotaban y agotaban sus recursos y apenas aparecían individuos con el potencial adecuado que pudieran llegar a desarrollarlo. ¿Cómo íbamos a imaginar que aquellas formas de vida centradas en ellos mismos, que apenas tenían ojos para mirar alrededor, saldrían de su confinamiento y pisarían la Luna?. ¿Cómo íbamos a imaginar que intuirían las bases del mundo físico e incluso serían capaces de construir aparatos para poder observar sus componentes más pequeños? Nos confiamos y nos pusimos en peligro. Nuestros enemigos estaban naciendo entre ellos sin que nos percatásemos: individuos que podían ver más profundamente que cualquier otro, que podían entender lo invisible, que podían imaginar con tal fuerza que empezaron a descubrir la verdad detrás de las incógnitas. Esas incógnitas que nos mantenían a salvo. Nuestra naturaleza, nacida en los primeros instantes del universo, antes de que la radiación se desacoplara de la materia, estaba en peligro. No podíamos fiarnos de ellos, habían dado sobradas muestras de su insensatez. Así que comenzamos a colonizarlos.

Pero no a la manera burda de sus ensoñaciones. Simplemente nos mezclamos con aquellos que podían ser un obstáculo para su progreso. Estábamos preparados para ello. Tanto que nos hicimos nanométricamente invisibles y en aquellos individuos con menos capacidades lógicas y menor empatía, pero con capacidad de influencia, insertamos pensamientos, moldeamos a nuestro favor su concepción del mundo. Aparecíamos como incógnitas, como sensaciones, como intuiciones. Estuvimos a salvo un tiempo. Hasta que aquel conocimiento que con tanta dificultad iban acumulando toda clase de científicos que pasaban los días absortos en los laboratorios, comenzó a ser visible, a ser apreciado. Y ese conocimiento les llevaría sin remedio hasta nosotros. Así que comenzamos a eliminarlos.

Pero sin sangre. Sin muerte. Sin ruido. Por agotamiento, de confianza y de recursos. Fue una lucha encarnizada. Insertamos pensamientos. Nos desplegamos. Algunos eran fácilmente moldeables, pero en la mayoría la fuerza de su vocación preparaba su cerebro para rechazar nuestras órdenes. Así que tuvimos que destruirlos desde fuera.

Preparamos a otros para creer cualquier cosa excepto a ellos. Por mucho que hubieran estudiado, por mucho que hubieran trabajado y aplicado la lógica, siempre sonarían disminuidos frente a la musicalidad de otras voces, cantos de sirenas que al alejarlos de ellos, nos mantendrían a salvo.
Pero contraatacaron, acercando a sus vástagos a una manera de pensar lógica y ordenada que nos impedía moldear. Aquella afinidad por la ciencia dificultaba nuestra manipulación y les aproximaba a nosotros. Así que decidimos enfrentarlos.

Pero apenas tenían espíritu beligerante: no les interesaba discutir, sólo comprender.

Volvimos a atacar desde fuera y esta vez nos mezclamos muy selectivamente, solo con aquellos individuos que eran capaces de someter la lógica a sus deseos, el progreso a sus ambiciones, el bienestar común a sus intereses personales. Y que además ostentaran el poder o al menos lo ambicionaran. Concentrados como estaban en aprender, dejaron el mundo en manos de los menos capaces. Ése fue con seguridad su mayor error, no estar en las posiciones adecuadas para podernos parar. El ataque tuvo un éxito arrollador. Nuestros enemigos tuvieron que huir. Fuga de cerebros lo llamaron. Estábamos venciendo. Ni ellos, ni siquiera nosotros, sabremos nunca cuánto progreso se ha perdido, cuánto bien se ha quedado atrás. Pero eso no debe importarnos, por mucho que admiremos su tesón y lamentemos esta guerra. Estamos venciendo porque hemos ahogado su esperanza.