Moebius

Aquella mañana, Ted se despertó como cualquier otro día, con el ruido del tráfico rodado. Una vez en la oficina, tuvo que asistir a una de esas soporíficas reuniones matutinas orquestadas por el capitán morfeo. Entre aullidos del jefe y bostezos de los presentes, el primer indicio de que algo no iba bien ocurrió cuando Ted cerró su dossier por el final. Lo que tenía que quedar mirando hacia arriba era la contraportada, pero lo que se veía era la portada del informe. Aquel hecho aislado no le preocupó hasta que, momentos después, uno de los presentes garabateó algo en la pizarra. Era un texto incomprensible para nuestro hombre, que se esforzaba en descifrar aquella caligrafía. Finalmente, Ted se percató de la causa de su asombro ya que su compañero había escrito al revés, o sea de derecha a izquierda. "Ahora resulta que no sólo la economía de la empresa involuciona, ¡sinó que hasta su escritura va para atrás!", pensó nuestro protagonista mientras examinaba la textura de su café. Aquella reunión se había hecho más amena de lo habitual.

En la reunión del día siguiente, la arenga del jefe tras el "morituri te salutant" de los esclavos discurría normalmente hasta que otro suceso perturbó a Ted. Para vencer el aburrimiento, nuestro personaje solía recortar monigotes de papel, pero las tijeras cortaban mal. Le mostró la malfunción a su vecino de mesa, aquél que levantaba la ceja ante cualquier evento. Éste, sorprendido, levantando la ceja, cómo no, cortó con aquellas tijeras un magnífico unicornio. "¿Dónde está el problema, Ted?", le espetó el vecino, ya con la ceja hasta arriba. "Las tijeras van de maravilla". Ted reparó en dos pequeños detalles. Por un lado, su colega subía extrañamente la ceja del lado contrario al habitual, y por el otro, que se había vuelto zurdo. Esperpénticamente, el vecino irónico había tomado las tijeras con su mano izquierda y también escribía ahora con la izquierda. Asombrado, Ted notó que, en ese instante, casi todos se hurgaban la nariz con la otra mano.

Una vez en el autobús de vuelta a casa, Ted se dio cuenta de que el vehículo circulaba por la izquierda. Aterrorizado por la aparente ebriedad del conductor y la sospechosa indolencia de los pasajeros, Ted decidió apearse en la primera parada. Ya a pie de calle, nuestro sufrido héroe vio que coches y camiones iban generalmente por la izquierda mientras se tiraba de los cabellos intentando comprender el nuevo código de circulación. Llegó a casa a pie, sorteando los automóviles ya que muchas calles tenían el sentido de circulación invertido. Más de una vez tropezaba con el coche que venía del lado opuesto. Eso sí, los improperios se lanzaban con la dirección e intensidad de costumbre.

Por la noche, Ted vio un programa científico que trataba de algo llamado “cinta de Moebius”. Según el experto, esta cinta era un bello ejemplo de superficie no orientable, es decir, dentro y fuera no están definidos. Esta banda se construía aplicando una torsión a una cinta alargada y uniendo después sus extremos. Aparecen frecuentemente cintas de Moebius en los talleres de manualidades de escolares. Se ve que, cuando les encargan hacer un cilindro de papel, los niños recortan una tira y algunos pegan mal los extremos porque han torcido el papel antes de juntar los cabos. “Como resultado, tenemos esta cinta”. El experto ilustraba este divertimento matemático tomando un trozo de papel retorcido y cerrado. Dibujó una flecha apuntando hacia arriba. “Si se fijan, al moverme a lo largo de una cara”, decía mientras marcaba el recorrido con un lápiz, “llegaré al otro lado después de dar una vuelta entera. Entonces, la flecha mirando inicialmente arriba estará ahora invertida. Necesito exactamente dos vueltas para regresar al punto de origen con la flecha orientada como al principio.”

Según esta hipótesis, la mente de Ted habría dado una vuelta entera sobre una cinta de Moebius, quedando aparcada en una realidad paralela. Ted se esforzaba en adaptarse a un mundo dominado por zurdos, como si todo estuviera reflejado en un espejo. Todo salvo él. Tenía que encontrar una solución antes de volverse completamente loco. ¿Pero cómo? Entonces, milagrosamente, recordó las pastillas para dormir que se había empezado a tomar, y cuya dosis aumentó de una noche a la siguiente. Temiendo una conexión entre los efectos de los barbitúricos sobre su mente y la dichosa cinta, Ted dejó el tratamiento. Aquella noche dormiría poco y mal, pero todo debería recobrar la normalidad. Al día siguiente, se alegró de comprobar cómo todos los fenómenos extraños habían desaparecido. Había regresado de su viaje por la retorcida banda al mundo que conocía y tanto añoraba. Sin embargo, debido a su aventura, Ted desconfiaba y cada día comprobaba que tijeras, sacapuntas, sacacorchos, destornilladores y demás máquinas funcionasen como era debido.