Intrépida inocencia

Contornea el cuerpo con fuerza. Los músculos muy tensos. No puede respirar. Cada movimiento brusco de su cuerpo lo empuja contra una superficie sólida. No ve nada. Una luz blanca y ardiente le ciega. No puede respirar. Agoniza. Abre más y más sus vías respiratorias, ¡pero no puede respirar! Los opérculos no dan más de su capacidad. Las branquias se secan. Siente dolor en todo el cuerpo. La gravedad le aplasta ligeramente. Agoniza por la falta de agua.
Está seco.
Se cansa.
...
Recuerda nadar con su pareja. Los dos frotando inocentemente sus vientres, en un baile amoroso sobre las praderas verdes y frondosas. Cada roce le hacía sentir un cosquilleo leve y excitante y, con él, la expulsión de sus gametos. Era un juego amoroso. Su primer juego. Su primera vez.
¡Y qué atrevidos!
Recuerda aquellos viajes arriesgados explorando nuevos fondos, y aquellas carreras huyendo del gran mero, el más gordo. Crecieron y se sentían con ganas de explorar nuevos espacios, allí habían muchos, muchos como ellos. Se vivía muy bien pero... ¿qué había más allá de aquellas rocas vigiladas por el gran mero? Llegados ya a un cierto tamaño, y en los inicios de su madurez, decidieron intrépidamente explorar nuevos fondos
¡Y qué valientes!
Nadaron rápido, muy rápido. Cruzaron el paisaje del miedo y llegaron a una pradera frondosa que se extendía infinita ante ellos. Nadaron. Comieron.
¡Jugaron!
Y aquella mañana, acompañados de esa luz crepuscular que rompe el blanco perlino de la luz lunar, iniciaron su primer baile. El estimulante roce de sus vientres. El primer cortejo amoroso. Finalizado el baile, exhaustos de tanto placer, aparecieron en la bóveda del mar brillos plateados. Pequeñas porciones de un suculento aperitivo, inmóviles, quietas. Un nuevo paisaje. Un banquete al alcance de ambos.
¡Y fueron a comer!
Una punzada, un escalofrío, un dolor agudo en la boca. Y de repente un ascenso precipitado. ¡No hay control del movimiento! Nadan sin querer nada. Se hinchan por dentro. Las entrañas salen por la boca. Duele. Se ciegan. Una luz muy blanca y terriblemente cálida. Un ambiente muy seco. Un tirón fuerte, se rasga la carne de la mejilla. Y un hercúleo impacto en el dorso.
Se inicia su agonía.
Contornea el cuerpo con fuerza.
Los músculos muy tensos.
No puede respirar [...]
Recuerda nadar con su pareja [...]
...
¡Mueren!
...
Son demasiado jóvenes. No valen. Tienen poca carne. Frustrado y con desánimo, el pescador los lanza al mar. Hoy no hubo suerte. Ya apenas quedan peces grandes.
Y la barca inicia su dibujo estelar sobre la superficie silenciosa del agua...