Todo y Nada

En su laboratorio bajo la montaña el científico repetía de nuevo el análisis de los datos acumulados durante la noche. Estaba solo, como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, nunca antes había sentido tan clara la ausencia de compañía, la necesidad de compartir ese momento con otro ser humano. Sabía que su hallazgo iba a hacer historia, aunque eran pocos los que entenderían todavía sus implicaciones. Pronto amanecería en el exterior, eso decía su reloj. En su laboratorio el tiempo pasaba de otro modo, no había día ni noche, y los tubos fluorescentes mantenían todo el tiempo la misma iluminación. El cuerpo, sin embargo, notaba el cansancio, las horas de trabajo acumuladas, el exceso de café, la falta de sueño. Se levantó para dar un paseo por el reducido espacio de su laboratorio y poder estirar un poco las piernas. El contador seguía midiendo, las luces parpadeaban de forma hipnótica, los números se sucedían en la pantalla, sus implicaciones daban vueltas en su cabeza. El artículo científico que resumiría todos estos años de trabajo tenía que ser ya su principal objetivo, no podía tardar en mostrar al mundo este descubrimiento que lo iba a cambiar todo. Veía su nombre en los libros de Física, en las portadas de las revistas especializadas e incluso en los resúmenes de noticias científicas que suelen emitir al final de los telediarios.

A través de la pequeña ventana de la puerta 155 se podía ver el interior de la habitación. En ella el paciente daba vueltas, despacio, deslizándose sus pies a un ritmo constante sobre las frías baldosas del suelo, de forma perfectamente repetitiva, parando en los mismos puntos de la pared su mirada a intervalos constantes, ausente del mundo, ausente del tiempo. El guardia de noche no vio nada especial y continuó su ronda. Los gritos de pesadilla que surgían de una de las celdas, al fondo del pasillo, requerían su atención y tal vez también la de alguno de los supervisores médicos. Lo último que hacía falta era que algún otro paciente entrara también en crisis. No iba a ser una de esas pocas noches tranquilas.

El científico se volvió a sentar delante del ordenador, mirando fijamente la pantalla mientras esperaba que finalizara el análisis. Sin embargo, él ya sabía el resultado, su hipótesis iba a quedar comprobada. Apenas quedaban unos minutos. Siempre había sido paciente, no iba a dejar de serlo en estos momentos. Dejó abierta la puerta a viejos recuerdos que, arrinconados por las teorías científicas y procedimientos matemáticos que obsesionaban sus días y sus noches, casi se habían borrado de su memoria. Al niño solitario, disfrutando en su mundo de abstracciones perfectas, más allá de la comprensión de unos padres demasiado ocupados y un colegio poco motivador, en el que siempre fue un estudiante modelo. Al joven tímido y taciturno, alejado de fiestas y diversiones, concentrado en sus estudios. ¿Todo el esfuerzo había valido la pena?

El vigilante volvió a asomarse a la celda. El paciente 155 ahora estaba sentado con la mirada perdida en la pared blanca. Era uno de los tranquilos. Ni se había dado cuenta del alboroto en el pasillo cuando hizo falta administrar tranquilizantes adicionales al paciente de la celda adyacente. Solo podía recordar una ocasión en los dos últimos años en la que se complicaron las cosas en la 155. El paciente, poco después de su ingreso en el centro, dejó de tomar sus pastillas y su mente enferma llenó la pequeña celda de terribles monstruos.

La pantalla del ordenador finalmente mostró una serie de gráficas y listados numéricos que indicaban que el análisis había sido completado. Una sonrisa iluminó la cara del científico. Ahí estaba. Era cierta su Teoría del Todo. Por fin se relajó. Ahora podría acostarse un rato y prepararse para contarle al mundo el mayor avance científico de todos los tiempos. Eso sería mañana.

Cuando el vigilante volvió a mirar al interior de la celda vio al paciente dormido en su cama. El resto del pasillo estaba por fin en calma. Terminaría su turno sin complicaciones.

La mañana siguiente se despertó con los ojos enrojecidos y muy cansado. Habían dejado una bandeja al lado de su cama, como todos los días, con un café y sus pastillas. No quería tomarlas, aturdían sus sentidos y su mente. Lo sabía. Así no podría terminar nunca su teoría. También sabía que no podía negarse a tomarlas. Aún recordaba la última vez. Sabía que los monstruos terminaban encontrándolo. Estiró la mano y las cogió. Las tragó sin agua, rápido, mientras se decía a sí mismo cerrando con fuerza los ojos que, en realidad, su Universo lo gobernaba la Teoría de la Nada.