Minerva

Nací el día en que se anunció la posible existencia de un noveno planeta del sistema solar, el entonces llamado planeta X. Mi padre solía decir que mi madre se emocionó tanto con la noticia que aquello provocó que el parto se adelantara...O al menos eso es lo que le gustaba contar. Siempre tuvo facilidad para improvisar historias, como la anécdota de cómo se conocieron él y mi madre, de la cual he oído tantas versiones que no sé si la salvó de una explosión en el laboratorio o del ataque de un chimpancé mutante.

Mis padres eran científicos; la ciencia les unió, y su amor por ella solo era comparable al amor que sentían el uno por el otro. Cada pequeño progreso, cada humilde descubrimiento les fascinaba, y eso es algo que supieron transmitirme desde pequeña.
Recuerdo perfectamente cuando tenía 8 años y mi padre me llevó al observatorio astronómico donde trabajaba. Nos tumbamos en la azotea del edificio y me explicó las historias y mitología tras los nombres de las constelaciones mientras observábamos la lluvia de estrellas. Vimos tantas que al final no sabía qué deseo pedir cada vez una de ellas volvía a cruzar el cielo. Ese día decidí que quería ser “ingeniera de aparatos” como mi padre, y así lo comuniqué al llegar a casa. Por supuesto, a mi madre no le hizo ninguna gracia; desde que nací, habían empezado una especie de competición por ver quién conseguía captar mi interés hacia sus respectivas profesiones. Aunque debo decir que no dejaron de lado otros campos de la ciencia, por lo que en mi habitación había un conglomerado de objetos variopintos que iban desde un telescopio hasta un microscopio, pasando por robots de fabricación casera o dinosaurios articulados.
En otra ocasión acompañé a mi madre a su laboratorio por primera vez, en parte como revancha, creo, a la excursión nocturna con mi padre. Me explicó que estaban investigando la cura para ciertas enfermedades neurodegenerativas. Recuerdo que utilizó exactamente esas palabras tan técnicas, y lo increíble es que se las apañó para que una niña lo entendiera. Yo estaba en esa época en la que todo te parece fascinante y pensé que, por qué no, podría ser como mi madre y tal vez llegar a descubrir la cura de alguna enfermedad.
Por supuesto, aun me quedaban muchos años de descubrimientos, ilusiones, tropiezos y fracasos. Porque la niña que se debatía entre seguir los pasos de su padre o los de su madre descubrió, al crecer, que había otra opción: seguir sus propios pasos. Os preguntaréis, entonces, qué camino decidí tomar...Buena pregunta, pero tendréis que esperar hasta el final para averiguarlo.

Había algo en lo que mis padres estaban de acuerdo, y era que no debía perder mi curiosidad y mi imaginación. “Todos los niños nacen con un espíritu científico en su interior”, decían, “Conserva ambas y puede que algún día seas una gran científica”. Quiero creer que he conseguido mantener esas cualidades, a pesar de que ya no soy esa niña que soñaba con salvar el mundo o salir de él en una nave espacial. Y puede que esa niña no haya conseguido ninguna de esas cosas, pero sí ha conseguido ser testigo de algo igualmente fascinante, un privilegio que su imaginación jamás habría concebido.

Empezaba esta historia con mi nacimiento y cierto planeta que, de una forma u otra, no ha dejado de estar presente en mi vida desde entonces. Ahora, ese noveno planeta ha sido localizado y bautizado como “Minerva”, en honor (como suele ocurrir en estos casos) a la persona que ha hecho posible el hallazgo. Y dicho nombre no podía ser más acertado: Minerva, curiosamente, es una diosa perteneciente al mismo panteón romano que da nombre a los demás planetas de nuestro sistema. Minerva es una diosa y ahora un planeta, pero también una persona...Minerva, soy yo.