Un fósil de leyenda

En el municipio riojano de Igea corría la leyenda sobre una especie de reptil monstruoso que salía de su guarida durante la noche cuando un recién nacido estaba enfermo. Se decía que a la mañana siguiente, la madre encontraba al bebé muerto en su cuna y un rastro serpenteante en medio de unas pisadas que parecían de gallina. Los ancianos del pueblo atribuían el posible origen de este cuento popular a la gran cantidad de yacimientos con restos fósiles que se encuentran en la zona. Algunos contaban haber visto, durante su infancia, un fósil en el que se observaban los rastros que se describen en la leyenda. Asier les visitaba con frecuencia interesado en averiguar algún dato más preciso sobre su localización, pero sólo conseguía que le narrasen sus recuerdos infantiles salpicados con la leyenda. El chico consideraba encontrar ese fósil un objetivo ineludible; su tesis lo necesitaba para alcanzar la excelencia.
Cierto día de muestreo, el grupo de paleontólogos del que formaba parte Asier, encontró un yacimiento que no figuraba en ningún registro. Empezaron a estudiar el terreno, comenzaron las excavaciones y se despertó aún más la esperanza de Asier de encontrar aquel fósil. Después de varias jornadas de duro trabajo, halló un fósil muy similar al de las descripciones de los ancianos de Igea. No dijo nada a sus compañeros. Corría el riesgo de quedarse sólo como colaborador en ese posible descubrimiento y quería que fuese suyo. Lo tapó con una caja de elementos de señalización y continuó la jornada de trabajo de campo.
Por la noche, se dirigió al yacimiento en su coche. Descendió a la excavación llevando sólo una linterna y una navaja. Allí estaba. Tenía que ser aquél el fósil que por fin concluiría su tesis y le abriría las puertas a la investigación de élite. De pronto, escuchó unas voces. A medida que se acercaban, distinguió dos voces masculinas y ebrias. Se reían, bromeaban, arrastraban las palabras. Apagó la linterna pero ya era demasiado tarde. Le habían visto. Eran dos de sus compañeros más jóvenes pero con carreras más prometedoras, que a su juicio siempre le hacían sombra. Le preguntaron qué hacía allí a esas horas si se suponía que se había quedado en el albergue en lugar de salir con ellos porque se encontraba mal. Asier no sabía qué hacer, estaba a punto de alcanzar su quimera y la veía desvanecerse. Cualquier cosa que dijese no les convencería para que lo dejasen tranquilo. Como tardaba en responder, uno de ellos se agitó y se dirigió al chico abusando del poder que concede la ebriedad. Asier trató de explicar entre balbuceos que había perdido algo que necesitaba urgentemente. Pero el abuso de su colega llegó a lo físico, mientras el otro se mantenía al margen. Aturdido y mareado por el fuerte olor a alcohol del aliento de su compañero, sacó su navaja y seguidamente sintió cierta resistencia y algo viscoso y caliente en su mano; se la había clavado en el vientre. El herido se desplomó en el suelo. El otro chico trató de calmarle, pero Asier estaba fuera de sí. Antes de permitir que sus sueños se esfumasen, volvió a notar cómo la sangre le salpicaba. Impertérrito, como si fuese un autómata, desenterró el fósil mientras sus compañeros se desangraban. A la media hora, se dirigió a su coche con su tesoro, pero antes de abandonar aquel lugar, se dio cuenta de que había un rastro de líneas continuas ondulantes cerca de los cuerpos inertes. Sin pensarlo demasiado, dibujó unas cuantas pisadas de tres apoyos a cada lado de esas líneas. Ya dentro del coche, volvió en sí y fue consciente de lo que acababa de hacer. Tenía el fósil, pero nada más. Encendió el motor y condujo sin destino, sin mirar atrás.
Unos ancianos me contaron esta historia en una cafetería del pueblo hace unos meses, después de explicarles que era bióloga y estaba haciendo el doctorado. Me aseguraron que Asier era real y nunca se supo nada más de él.