La cúpula

Vivíamos rodeados por una cúpula inmensa más allá de la cual se extendía un campo verde, vacío y perenne. Todos nosotros habíamos nacido para ocupar el lugar de unos seres que se hacían llamar humanos. Decían que eran similares a nosotros pero que, sin embargo, eran peligrosos y malvados. Decían que habían contaminado la tierra, el mar y el aire, que se quedaron sin alimento y no consiguieron sobrevivir. Decían que por su culpa la vida fuera de la cúpula era inviable y que, por eso, estaba prohibido salir de allí. Desde pequeña aquellas teorías habían quedado grabadas en mi cabeza, pero todas se me antojaron mitos en el instante en que le conocí.
Era de noche, de modo que en un principio creí que la figura agazapada detrás de una gran roca incrustada en la tierra era un animal, que, de alguna manera, había logrado escapar de la cúpula y seguir respirando. Cuando me fijé mejor, reparé que frente a mí se encontraba algo que solo pude describir como un chico que no era un chico totalmente. Era algo que nunca había visto, estaba fuera y estaba vivo.
Cada noche, a la madrugada, nos observábamos mutuamente. Yo desde dentro, él desde fuera. Cuando salía el sol, se escondía y cuando se ponía volvía a salir de nuevo.
Me hubiera pasado meses y meses sin dormir a cambio de poder mirarle. Sus ojos eran blancos, con una especie de aro color miel y un redondel negro más pequeño en el centro, mientras que los míos eran completa y nítidamente azules. Sus manos parecían suaves, con uñas cortas y de aspecto frágil; las mías eran duras con uñas oscuras, afiladas y resistentes. Sus pies estaban cubiertos por un material grueso y marrón que no reconocí, pero cuando se lo quitó, vi que, en vez de cuatro dedos, tenía cinco. Él miraba mis alas como si jamás hubiera visto nada semejante, eran transparentes y su brillo resplandeciente le dañaba los ojos. Su sorpresa me inquietó hasta que me di cuenta de que él carecía de ellas. No quise imaginar cuanto había tenido que caminar para llegar allí.
A pesar de ser dos seres tan distintos, conseguimos que gracias a uno el otro viese el mundo de un modo diferente y mejor. Aprendimos aquello que jamás nos habían contado y con el tiempo, sin haberlo previsto, nos enamoramos.
Él me contó que los humanos se habían aniquilado unos a otros durante décadas, arrastrando al planeta tierra consigo. Aun así, un puñado de ellos había logrado sobrevivir. Los supervivientes realizaron un experimento con el fin de crear una nueva especie que se adaptase mejor en un terreno hostil. Aquellos individuos genéticamente modificados resultaron ser más listos que ellos y lejos de querer vivir junto a los humanos se encerraron en una cúpula para aislarse de la destrozada humanidad.
Yo, en cambio, habría dado cualquier cosa por poder salir y estar junto a él, sin aquella pared dura y transparente interpuesta entre los dos. Por eso, pedí ayuda a una hechicera astuta y cruel, convencida de que no podría engañarme con ningún truco. Sus palabras agrias y calculadas me parecieron milagrosas cuando las pronunció: “No es posible que tu amor entre, pero a cambio de tus alas, su amor podrá salir. Sin ellas no podrás volar y dejarás de ser tú, ese será el precio que tendrás que pagar por tu libertad ¿lo aceptas?”. No lo pensé dos veces antes de decir que sí, no me importaba perder las alas si eso significaba poder estar con él.
Me esperaba al otro lado, y la bruja, con un movimiento tan simple como chasquear los dedos me sacó de allí. Sentí como una fuerza intensa y poderosa me arrancaba del suelo y en menos de un segundo me dejaba otra vez. Era extraño observar mi hogar desde fuera, pero se respiraba el mismo aire, la hierba tenía el mismo tacto y el cielo era del mismo color.
Sentí su mano rozando la mía y dejé de prestar atención a todo lo demás. Nos juntamos todo lo que nuestros cuerpos nos permitieron, nos besamos, nos abrazamos y disfrutamos de lo que para nosotros significaba la felicidad.
Ese instante duró lo que tardé en sentir un dolor agudo e incalculable en la espalda, por un momento había olvidado mis alas, pero estas se desintegraban lentamente, convirtiéndose en polvo plateado y fino que se mezclaba con el viento. Mis fuerzas flaquearon y cuando caí al suelo, lo entendí, dejarás de ser tú me dijo. Dejarás de ser tú. Solo tuve un momento para mirar su rostro antes de que mis ojos se cerraran y cesasen los latidos de mi corazón.