Génesis

En el principio todo era oscuridad, todo estaba inmerso en la nada. Una ausencia serena y apacible. Una carencia que era todo, siendo que no era nada. La voluntad estaba allí, todo era potencialidad, en la nada todo era posible.
De repente ocurrió: era una idea en la inexistencia. Un pensamiento traspasando toda la eventualidad posible. La intención era música y la totalidad vibró. Surgió entonces un «arriba» solitario girando sobre sí mismo. Siendo la única entidad probable, esperando algo, esperando expresarse, manifestarse. Se contraía y se expandía, era infinito, pero empezaba a limitarse. Su forma era sin forma, solo una entidad indefinida, sin nombre, sin significado.
En un instante eterno e indeterminado la nulidad manifestó dos «abajo». Se presentaron, se revelaron, se observaron; y descubrieron que su destino era unirse al «arriba». Al combinarse se estremecieron desnudando su intención, se sintieron como una sola entidad, fueron completos, fueron distintos pero iguales. Advirtieron que tenían un nombre pero eso no era trascendente, solo su destino importaba.
Asomaron entonces otros «arriba» y «abajo» espontáneamente, bosquejando los designios de la idea. La imagen abstracta aumentaba en intensidad, mientras entre las perennes tinieblas crecía y crecía la posibilidad. Entonces vibraron llenos de energía sintiéndose pesados. Se reunieron en un grupo que ocupaba el entero espacio, dándose cuenta de que en bloque eran la unidad, y al reparar en sí mismos, comenzaron a correr, a trasladar, a rodear. Al giro se le dio un nombre, pero eso no los perturbaba. Luego notaron que algunas unidades también afloraban moviéndose alrededor de otras que se habían unido.
En un insignificante momento un poderoso sentimiento de deseo, de voluntad, de propósito, se apoderó de ellos. Todos se regocijaron. Las que giraban lo hacían con entusiasmo y las que no se desplazaban percibieron a sus semejantes rondar a velocidades vertiginosas. Entonces una luz emergió de la confusión, y luego otra, y otra; hasta que por fin pudieron iluminarse, observarse y determinar su aspecto. La imagen comenzó a tomar forma. Eran cientos, miles, millones…
Era una sinfonía maravillosa: el conjunto de unidades se entretejían, se atraían y se enlazaban las unas a las otras con una fuerza de amor incondicional, en pequeños universos. Cada universo era equilibrado, perfecto. Poseía unas cualidades únicas. Ya eran distintos, determinados. Vislumbraron por fin cuál era su hado. Se dejaron llevar por la intención navegando libremente por el tiempo y el espacio. Bajaron su nivel energético y se volvieron cada vez más pesados: Energía y materia.
La materia se cristalizó, y la energía que era pensamiento comenzó a imprimir palabras: “En el principio… En un instante eterno… Era una sinfonía…”. Los vocablos emergieron de forma automática siguiendo el plan de la mente del autor. Formaron frases, y las frases poco a poco dieron significado al sentimiento. Luego se corrigieron, se aumentaron y se organizaron en un discurso, hasta que el concepto que fue originalmente una idea, se transformó en un asunto que se explica a sí mismo:
La historia científica del génesis de la narración que justamente en este instante, el lector ha terminado de leer.