Voces de genio

No tenía más de 12 años cuando cogió entre sus manos por primera vez aquel libro polvoriento que su abuelo había abandonado en la estantería del desván. Había subido enfadada, enrabietada con su madre y se había propuesto quedarse encerrada allí toda la tarde para castigarla, pero a los cinco minutos comenzó a arrepentirse de su decisión. Allí no había más que polvo y arañas, así que se obligó a buscar algo que la retuviera allí. Y encontró aquel libro.
No le prestó atención al título, poco le importaba. Recorrió el índice con el dedo, y se paró al ver el nombre de Ludwig Boltzmann. Recordaba que justo esa semana habían visto en clase de música a otro Ludwig, Ludwig van Beethoven. Himno de la Alegría, creía recordar. Como ninguno de los otros nombres que había leído hasta el momento le había dicho nada, avanzó hasta encontrar lo que el libro tuviera que decir de ese otro Ludwig.
Se llevó un chasco cuando esperando encontrar una historia fantástica, se encontró un breve resumen, poco más de un párrafo en el que contaban la vida del protagonista. Por lo visto, el tal Ludwig había introducido un concepto fundamental de la termodinámica (jamás había oído semejante palabra), había creado una constante con su propio nombre (¡qué chulo!, pensó ella para sus adentros) y había expresado la entropía desde un punto de vista probabilístico (acabáramos). Ni idea de lo que decía el libro. ¿Qué era todo aquello?
Por si lo que acababa de leer no fuera para dejarte lo suficientemente confuso, el libro incluía las ecuaciones de todo aquello. Y lo primero que pensó es que con lo complicado que sonaba todo aquello que había leído cuando estaba escrito en texto, qué simple y concreto parecía en forma de ecuación. Qué pequeño. Y, al parecer, cuánta información contenía en su interior.
Pensó también en cómo una mente humana había podido idear aquello, madurarlo y expresarlo de aquella forma tan sucinta. Debió de ser alguien notable. Así que volvió a leer aquel mísero párrafo que contenía la vida de aquel hombre, prometiéndose esta vez acabar de leerlo, pues antes había saltado a las ecuaciones al ver aquellos términos que no entendía.
Como buen infante, esperaba que el cuento acabase bien. Nuestro héroe habría sido laureado por sus descubrimientos, se habría hecho muy rico y habría muerto tranquilo, en una preciosa casita de campo rodeado de sus nietos a los que adoraba y le adoraban a él.
Las lágrimas se le saltaron involuntariamente cuando leyó que el héroe del cuento se había suicidado, ahorcado, profundamente resentido con la comunidad científica por el constante rechazo y la difamación sufrida a causa de la defensa que llevó a cabo de la existencia del átomo.
Una vez más, los términos técnicos escapaban a su entendimiento, pero lo que no pudo quitarse de la cabeza es que sus compañeros científicos le habían rechazado hasta tal punto de que Boltzmann se quitó la vida. Levantó la vista, horrorizada, y su mirada perdida sólo se encontró con una araña, en la misma posición en la que la había visto antes.
Sin pensarlo un segundo, sin tener sentido, fue a buscar a su madre a quien se abrazó llorando sin saber exactamente por qué. Sólo sabía que el hecho de que alguien se hubiese quitado la vida la hería en lo más hondo de su corazón de niña. Nunca le dijo a su madre por qué lloraba.
“Hoy, aquí, el día en que me licencio como Física, y en que mis compañeros me han dado la oportunidad de hablar por ellos, he querido compartir con todos ustedes esta pequeña anécdota, ese momento que me acercó a un genio.“
Dentro de mi cabeza, como un irónico resorte, comienza a sonar la melodía del Himno de la Alegría.