Un ciclo de 24 horas en mi conjunto de sistemas biológicos

Amanece en la ciudad mientras las radiaciones solares se filtran a través de la atmósfera, incidiendo sobre las partículas en suspensión y tiñéndolas de un color anaranjado. Mis cilindros y bastones oculares se reactivan, y mi sistema locomotor despierta del letargo. Me dirijo a la cocina, y llevo el agua hasta el punto de ebullición para disolver en ella esos granos molidos que reactivarán mis circuitos neuronales. Mientras tanto, la combustión de las hojas secas de Nicotina tabacum filtra los químicos a través de mis alveolos pulmonares, llenándolos de compuestos particulados. El agua fría estimula mis corpúsculos de Krause mientras mis efluvios corporales se saponifican. Y retomo esa rutina que parece formar parte de mi sistema nervioso autónomo: todo está automatizado.

Salgo a la calle, y el viento fresco contrae mis conductos pilosos. Un diodo LED se activa en mi bolsillo, y mientras pienso en cómo se ha transformado nuestra función de comunicación en los últimos años. Los motores de combustión rugen, salvando la fuerza de rozamiento del asfalto, y silenciando las sinapsis en mi mente. Pero mis actinas y miosinas siguen con su tarea; yo me dejo llevar por ellas.

Llego al trabajo, y activo el conmutador que permite el paso de corriente eléctrica a través de los circuitos de mi computadora personal. Mi sistema parasimpático se activa al comprobar todo el trabajo que tengo pendiente. Me encierro en la aritmética, sin descanso, resolviendo las operaciones matemáticas y los cálculos complejos, pero todo es más fácil gracias a los protocolos preprogramados que compré e instalé. De pronto mi estómago se contrae; es hora de ingerir mi dosis de carbohidratos de rigor. El bolo alimenticio baja por mi esófago, y el estómago se calma de nuevo. Ya puedo retomar mis tareas.

Salgo del trabajo, siguiendo otra vez el camino automatizado que de sobra conoce ya mi cerebro. Pero de pronto, la veo. Mi presión sanguínea aumenta, mientras noto la testosterona distribuyéndose por el torrente de plasma y glóbulos rojos. Mis músculos faciales se contraen en una mueca. Ella me devuelve el gesto. Y mis nervios se bloquean, dejándola que pase de largo otra vez. Algún día lograré vencer esta automatización. Algún día…

Mi cuerpo se relaja sobre el sofá, y mi mente cae rendida ante las ondas electromagnéticas, convertidas en estímulos audiovisuales. Poco a poco siento aumentar la melatonina en mi cuerpo, y yo no ofrezco resistencia alguna. Mis párpados se cierran mientras el ciclo astronómico recupera su fase de oscuridad. Y la mente se libera del estrés y las preocupaciones, cediéndole el mando a mi corteza cerebral, mientras mis ojos entran en fase de movimiento rápido. Y dejo de ser dueño de mí, hasta que la rotación terrestre vuelva a completarse y el Sol vuelva a brillar, trayendo a mi organismo un nuevo ciclo. Un nuevo ciclo igual que el anterior, pero diferente...