MI nueva doctrina.

MI nueva dodtrina.
Yo creo en algunas cosas, en otras no:
Creo en los monstruos, en los superhéroes, en alienígenas y en astronautas.
Pero no creo en las hadas. No es posible convertir una marioneta en niño, todo el mundo sabe que como mucho con los materiales adecuados podría construirse un robot. A “Nunca Jamás” se llega desde lo más alto del cielo, girando la segunda estrella a la derecha, hasta el amanecer. Pero no creo que con polvo de hada, con un cohete, o en su defecto una buena capa de tejido extraterrestre.
Esta fue la redacción que presente en 1973, a la edad de ocho años, para la clase de religión. EL tema propuesto era:
“Cuales son nuestras principales creencias”.
Me sentí orgullosa de mi composición mientras la señorita la leía a toda la clase. Pero las risas al finalizar la lectura me devolvieron a mi realidad cotidiana…
-A ver clase, ¿el muchachote que ha escrito esto? Que ha olvidado poner su nombre.
No levante la mano, (no era ningún héroe), pero mi compañera de pupitre se chivó, apuntándome con un dedo acusador:
¡No seño, no ha sido un niño. Es de ella!
La hilaridad provocada, por mi confundida naturaleza, electrocutaba mi alma, y la mirada inquisidora de la señorita Pilar detono la poca ánima que a esas alturas me quedaba.

Pero no importa. Afortunadamente mi generación viene de serie con un dispositivo instalado que nos resetea durante el sueño. Evoluciona con cada generación, por ejemplo el modelo del que mis abuelos disponían se llamaba “Resignación”, el de mis padres “Trabaja duro y lo conseguirás”, para mis hijos la tecnología y la ciencia han progresado de tal manera que según tus posibilidades puedes elegir diferentes modelos. El problema es que actualmente la mayor parte de especímenes del planeta no disponemos de medios. Por culpa, paradójicamente, del dispositivo más elitista de todos “EL Eminente”, (primer prototipo, implantado con posibilidad incluso de sustituir el de origen). Parece ser la parte proporcional de ética y moralidad muta. Los Poderes Públicos, dicen que por un virus apodado “Corrupción”. Los damnificados lo achacan a la implantación de dispositivos defectuosos. Se autodenominan “Afectados por el Supuestamente”. Sea como fuere, la crisis que esto ha provocado perjudica sobre todo a las nuevas generaciones: por ejemplo a mi hijo se le ha asignado de serie el modelo “Tu actitud te define”, lo que le condena a llevar con la mejor de sus sonrisas, cualquier situación que el destino tenga a bien adjudicarle.

Pero volvamos al curso del 1973. El artilugio de serie en mi generación es “Cumple siempre con tu obligación”. Por lo que yo volvía cada día a la escuela dispuesta a afrontar mis deberes.

Me he dado cuenta: La señorita Pilar creía que yo era tan maligna como esas serpientes ilustradas en las páginas prohibidas; del libro de Naturales. A principios de curso nos confesó su ofidiofobia. Yo por empatía y envidia trate de desarrollar una herpetofobia. Me lo tome tan en serio, que cuando llegamos a la lección de los anfibios la viscosidad de estos, plausible gráficamente, me producían arcadas. Ella, estimando como burla hacia su propia psicosis, mi recién descubierta fobia, tuvo a bien mandarme fuera de clase. Para evitarme el mal trago de contemplar las imágenes, pensé yo.
Días después, quizás aturdida, por la admiración hacia mi profesora profesada, mezclado con el contrasentido con que en mi mente se fusionaban las asignaturas que ella impartía; ciencias y religión, me atreví a proferir mi epifanía:
-Usted seño, es la resurrección de Eva, (mujer de Adam).
Lo deduje, supongo, combinando su animadversión hacia las serpientes con su indiscutible beatísmo.
Creo; por un momento mis palabras la adularon. Hasta que su perniciosa mente puritana, confirió que el demonio la estaba tentando. Con duras palabras me condeno al infierno. Y con dura alusiones rebajo mi coeficiente intelectual al nivel del de los simios. Me instó a no hacer preguntas ni conjeturas sin meditarlas antes.
La desazón que su alegoría me producía, al comparar mi inteligencia a la de nuestros antepasados los primates en forma de ofensa, hizo que me sintiese suficientemente respaldada para, preguntar:
-Entonces: ¿Venimos de Adán y Eva, o descendemos del mono?
Yo creía que había ejecutado una inteligente e interesante polémica. Pero la portentosa reacción que mis palabras ejercieron sobre su rostro, (y pese a que su aguda voz no daba pie a este símil), me hicieron sentir el terror que los truenos ejercen en los mortales. Vaticinando la tormenta que me convertía en:
“Persona más cretina del universo”.
Entonces comprendí el porqué de mi chip generacional: Mi obligación era no atender, ni intentar aprender nada, y sobre todo olvidarme de las cosas que me interesaban.
Eso hice, seguí mi nueva doctrina. Dejé de pensar.