Principia mathematica

Es el año 1740 y en el club más exquisito de París, va a tener lugar un gran duelo intelectual. Sir John Rochester ha propuesto a Madame du Châtelet un acertijo. Que esta lo acierte significaría que por primera vez, una mujer pertenecería al selecto club. Y esa no es una idea que le agrade al señor Rochester.
La estancia es imponente: paredes revestidas de madera y de estanterías rebosantes de sabiduría por la ingente cantidad de libros que albergan, alfombras suntuosas, grandes arañas con miles de cristales que hacen titilar la luz que emiten... Y una gran mesa de caoba a cuyos extremos están sentados ambos contrincantes. Los otros socios están tomando té en mesas más pequeñas. El humo de los puros asciende lentamente hasta transformarse en una niebla queda.

El señor Rochester coge su habano entre los dedos y lo deposita en el cenicero que tiene a su izquierda. Se queda mirando a los ojos de Émillie sin decir nada. Los demás habitantes de la sala se han quedado en completo silencio.

De pronto un voz grave sale de la garganta del Lord inglés:

- Existe un número. Los decimales de dicho número al cuadrado son los mismos que los del inverso de dicho número. Además, el origen de su nombre aparece en la cubierta de un libro que se encuentra en esta habitación.


El señor Rochester se recuesta en su butaca como si hubiera dado por terminada una faena bien hecha. Entonces, Émillie ladea la cabeza al mismo tiempo que deja ver una amplia sonrisa. Acto seguido, hace sonar una pequeña campana de bronce y el mayordomo aparece a su lado.

- ¿Oui, madame?

Ella le susurra al oído una lista. El hombre desaparece tras la puerta principal.

Émillie se pone de pie y se acerca a las columnas de libros. Se mueve despacio posando suavemente sus dedos sobre los lomos de cuero, degustando su tacto: parece estar disfrutando de aquel momento.

A medida que pasan los minutos, algunos hombres se revuelven y se oye un ligero murmullo: es la discusión entre la piel de las butacas y los elegantes pantalones de cachemir. Pero no abandonan sus asientos.
De repente, la puerta se abre y entra el mayordomo con un carrito. Parece comida en platos con cubierta plateada, que uno a uno son depositados sobre la gran mesa: piñones, pipas de girasol y caracoles. Y por último, un violín.

Además, la mujer, que tiene un tomo en sus manos, se acerca suavemente a John dejándolo a su lado. El inglés dirige su mirada azul en el ejemplar para observar, con gran asombro, que el autor es Fidias. Tiene ahora un gesto incrédulo. Los ojos como platos. Estos rápidamente se posan en Émillie, quien tranquilamente dibuja en el aire la letra griega "phi", que también designa al número irracional φ.



Φ está presente en la disposición de las piñas, los girasoles, el caparazón de los caracoles... Y hasta en la posición de los "oídos" o aberturas en forma de f de los violines.