Defensas

Cuando entró en la sala 3 del sótano del laboratorio se encontró con un gigantesco macrófago al lado de la pila de lavado.
Intentó salir, pero no pudo.
Era un macrófago, no había duda. Llevaba estudiándolos desde el instituto. Tenía forma esférica, con muchas irregularidades con la membrana transparente y muy rugosa. En su interior, en el citoplasma de consistencia gelatinosa flotaban ingrávidos un microscopio, un mechero bunsen y varias placas de Petri; amén de sus orgánulos propios; retículo endoplasmático, núcleo, vacuola, mitocondrias.

Pedro se acababa de graduar en bioquímica y había conseguido una beca para hacer un master en Inmunología en la Universidad Complutense de Madrid. Estaba exultante ya que le permitía seguir estudiando, irse de casa de sus padres y del pueblo donde había vivido sus 22 años. Había tenido que conducir diariamente 80 kilómetros para ir a clase, y para costearse la gasolina y sus pequeños gastos trabajar los fines de semana en un bar del pueblo.
Estudió con ahínco para conseguir aquella beca, pero nada le había preparado para enfrentarse a una situación como aquella. De pie, al lado de la puerta de la sala estéril, trataba de encontrar una causa lógica a la existencia de aquella criatura.
- ¿Habrá más? ¿De dónde habrá salido? ¿Por qué ha crecido tanto? ¿Ganaré el Nobel por esto?

De repente el macrófago se movió, fagocitó una probeta y como si fuera un paramecio sacando sus pseudópodos se fue acercando a Pedro. La curiosidad dio paso al miedo. Pedro le lanzó un matraz para ver como reaccionaba y se lo comió. Eso restringía sus posibilidades de acción y el miedo dio paso al terror.
En la universidad le habían enseñado que conociendo las causas se pueden revertir los efectos; a veces. Pero ¡Cómo demonios iba a saber él de dónde y cómo había salido aquella bestia¡ Tanto cuidar y potenciar las defensas, ¡pues ahí lo tienes¡.

- De bestia nada - retumbó en el laboratorio una voz grave

Pedro se quedó paralizado y el terror dio paso al pánico. ¡Oía sus pensamientos¡ Grandes gotas de sudor amenazaban con contaminar la sala, el corazón se le salía del pecho y mentalmente repasaba todas las plegarias que su madre había insistido que aprendiera.

No podía esperar ayuda. El edificio estaba vacío ya que era domingo y nadie sabía que estaba allí. Había ido a preparar unos cultivos para el día siguiente pero no se lo había dicho a su profesora para no parecerle un adulador.

- ¿Quieres que te ayude yo? se oyó de nuevo.

Tenía que hacer algo. Buscó entre todas las fórmulas y compuestos que tenía en su cabeza aquellos que podían matar a una célula. Son muy sensibles pero, a la vez muy resistentes y, un macrófago, que está especialmente diseñado para eliminar a las bacterias y cuerpos extraños más todavía. Aunque, también son los principales responsables de la inflamación recordaba mientras iba hacia el armario de los medicamentos dando un rodeo para no toparse con el macrófago.
Cogió la jeringa más grande que encontró y la rellenó con corticoides, corticosteroides, y, como había empezado a pensar en él como un ser vivo, añadió un poco de fentanilo, por si le dolía. Se acercó despacio, procurando no pensar en lo que iba a hacer porque; a pesar del miedo sintió que le estaba traicionando

-¿Estás seguro de lo que vas a hacer? ¿Te das cuenta de quién soy?

- ¡No!!! Gritó cayendo de rodillas; ¡Claro que no sé quién eres!. ¡Ni siquiera entiendo que seas alguien¡ ¿Qué eres? ¡Pareces un macrófago gigante pero no existen los macrófagos gigantes! Y las células no tienen identidad, no tiene memoria … y no hablan …. Y no leen el pensamiento …
Ríos de lágrimas resbalaban por sus mejillas. No sabía qué hacer.

- Claro que tengo memoria, ¿tengo que recordarte dónde está nuestra memoria?

Al instante Pedro reaccionó. Claro! No sabía cómo ni por qué estaba allí esa célula fantástica, pero la explicación a su existencia, y su memoria estaban en su ADN, dentro del núcleo. Ahora ya sabía qué hacer.

Se acercó a la membrana por la parte más próxima al núcleo, metió la mano y cogió un puñado de ADN. Tras ponerlo en un vial de congelación lo introdujo en nitrógeno líquido. A continuación le clavó la aguja inyectándole todo el contenido. Funcionó. Poco a poco la membrana empezó a agrietarse y el citoplasma formó un gran charco en el suelo.
Cuando se vació por completo se acercó y, con los ojos llorosos, empezó a recoger las cosas del laboratorio. Aunque tuviera su memoria, su identidad, le daba un poco de pena.

Con el ADN congelado en su mochila, salió del laboratorio. Iba silbando, caminando entre nubes “El Nobel no lo sé, pero matrícula de honor SEGURO”