Un sorpresa del tiempo mismo

Cuando era pequeño -más pequeño que vosotros incluso-, visite un museo. Ya sé que a la mayoría no os interesan esos lugares. Son fríos, llenos de polvo y no hay nada emocionantes en ellos… ¿o tal vez si?
Lo primero que hice fue, evidentemente por mi corta edad en el mundo, hacer un puchero y quejarme como si no hubiera un mañana. Me parecía tan aburrido ver un montón de huesos muertos y ropas de gente que, seguramente, murieron de aburrimiento. Aun a mis protestas entramos en el lugar.
Como buen niño lleno de energía y sin poder parar, enseguida me escabulle de mis padres mientras estaban escuchando a una mujer que les contaba un rollo imperecedero sobre no sé que de la “evolución”.
Al poco tiempo me perdí en aquel laberinto de columnas, pisos y puertas por doquier. Angustiado, me deje caer de espaldas sobre una columna, llorando mientras me abrazaba y enterraba la cabeza en mis piernas. Escuchaba pasos a mí alrededor pero, no les prestaba atención. De pronto alguien toco mi cabeza, yo la alcé para ver a un viejecito de tez pálida, rasgos finos, pelo ya canoso por la edad y un generoso bigote quien me mostraba una calidad sonrisa.
-¿Que te ha pasado pequeño? –Me pregunto el anciano sin perder su sonrisa-. ¿Acaso te has perdido?
Simplemente asentí.
-Pues eso no está bien. Me ofreció un pañuelo sacado de un bolsillo de su mono de trabajo y me seque las lágrimas con él antes de devolvérselo. Sera mejor que busquemos a tus padres, ¿vale?
El hombre me tendió la mano. Titubee un poco pero, finalmente se la cogí, agradecido porque alguien me ayudara.
-Mi nombre es John. ¿Y el tuyo?
-Olaf… -conteste entre susurros.
-Bien Olaf. ¿Cómo es que un chico “mayor” como tu se ha perdido en un lugar tan interesante como este?
-No me he perdido porque sea interesante –replique enseguida-, sino porque es muy aburrido. Nada se mueve, hay que leer muchas cosas con palabras difíciles y te pasas todo el tiempo sin hacer nada. Es aburrido.
-¿Eso crees? –Su cara pareció brillar con aquella sonrisa burlona que me mostraba desde que le he conocido-. ¿Y si te dijera que en realidad en este museo todo está más vivo de lo que crees y, es más interesante de lo que piensas?
-Eso es imposible.
-“Lo imposible solo está en la mente del que piensa que el mundo está limitado por barreras infranqueables”
Me le quede mirando extrañado unos segundos.
-¿Qué significa eso?
-Lo estas a punto de averiguar –me contesto sin quitar esa sonrisa vivaz de su semblante. ¡Vamos!
Y así fue como John y yo fuimos paseando, caminando de sala en sala mirando toda clase de objetos. Me enseño cosas sobre la vida, la creación de la Tierra, el paso del tiempo, los seres que estuvieron antes de nosotros… pero, lo que más me llamo la atención fue la sección sobre dinosaurios. Eran enormes, gigantescos. Algunos tenían cuellos tan largos como su propio cuerpo, otros tenían mandíbulas que podrían comerme -si siguiesen con vida-, de un solo bocado. Pero con diferencia, el que más me gusto de todos ellos era uno no más grande que un elefante. Tenía tres cuernos en la cabeza y una especie de corona de hueso alrededor de ella. Me acerque lo que puede y vi su nombre en un letrero: “Triceratops”
-Trice… topos –intente pronunciar aquel nombre sin conseguirlo.
-“Triceratops” –me corrigió John enseguida. Veo que te ha gustado este en especial. Es mi dinosaurio favorito, ¿lo sabías?
-No –conteste con una sonrisa. También es el mío ahora.
Ambos nos quedamos mirándolo unos segundos más hasta que escuche una voz familiar a mi espalda.
¡Olaf!
Me di la vuelta el tiempo justo para ver a mis padres acercarse rápidamente hacia mí y envolverme en sus brazos.
-¡No nos vuelvas a dar este susto cariño! –dijo mi madre algo enfadada pero feliz de haberme encontrado.
-¡Casi se nos sale el corazón al no verte! –mi padre me abrazaba con todas sus fuerzas.
Tras aquel momento familiar y pasarse el susto de mis padres, les quería presentar a John pero, ya no estaba conmigo. Supuse que tras aparecer mis padres se fue.
Ya íbamos hacia la salida de museo mientras les contaba a mis padres lo que había aprendido en aquel lugar cuando un retrato me llamo la atención. Era igualito a John pero con traje. Me fije en el cartel a su lado: “John Prescott”, fundador del museo de Ciencias Naturales, 1926”
Me quede helado. Si “ese” era John entonces, ¿con quién estuve todo ese tiempo?
Recordé entonces lo que me dijo: “Lo imposible solo está en la mente del que piensa que el mundo está limitado por barreras infranqueables”
Sonreí por ello.
-Gracias John. Por todo.