La extinción de los dinosaurios

El olor a nuevo de lo estéril inevitablemente dibujaba al detalle en lo más profundo de su cráneo la tarde que su padre le inició a un laboratorio. Muchos años después, ya al final del camino atesoraba este aroma no solo por su poder rejuvenecedor sino a modo daguerrotipo de las visitas al santuario de su padre. Por aquella época el mundo aún era nuevo para él, monocromático, y todo lo que descubría era una nueva estrella en el cielo, las cosas carecían de nombre y las señalaba con el dedo tímidamente mientras su padre risueño las recitaba con orgullo cantarín. Envuelto en una bata con las mangas holgando en sus pequeños brazos y con la mirada en perpetua travesura cognitiva de pupilas dilatadas, no era capaz de reconocer los artilugios que le rodeaban, confundía los rostros de las personas que le rodeaban, ocultos bajo gafas de plástico transparente. Midió con ojos curiosos máquinas de diversa envergadura y forma, sus intentos de abarcarlas con los brazos fueron en vano y antes de revelar sus usos, los brazos de su padre lo volaron hasta la puerta donde su madre le esperaba divertida. El tiempo fue fugaz e inclemente con su curiosidad pero suficiente para grabar en lo profundo de su álbum memorístico lo presenciado.
Sus contactos con el laboratorio se vieron interrumpidos tras la muerte de su padre. Cesaron las visitas los sábados por la tarde, no hubo más juegos de adivinanzas, no más ojos fascinados, no más curiosidad infantil, pero eso no pudo borrar las sensaciones de aquella primera tarde. Siguió buscando ese mismo olor a nuevo en sus juguetes plásticos de imitación científica, pero con los años el interés se fue diluyendo quedando solo posos de atesoraciones. La vuelta a la senda coincidió con la renovación del interés por la ciencia, todo hubiera fluido más fácilmente si hubiera tenido las ideas claras, pero estaba escrito, el reencuentro era inevitable. Tras estudiar, su futuro fue incierto como el de miles coetáneos, pero no le impidió madurar a base de decepciones. El amargo sabor de lo demasiado granado que acompaña la madurez lo experimentó merodeando rincones del continente en busca de calma existencial. Nunca había planteado su vida en torno a la estabilidad, lo único inalterable fueron esos recuerdos de tiempo pasado entre probetas. El vagar buscando rememoraciones de su niñez casi le impide ver la verdad, su azaroso futuro y el del laboratorio parecían reñidos, rectas tangentes una vez coincidentes pero nunca juntas.
Entre tumbos y la oscuridad incierta de su futuro laboral conoció a su primera esposa. Todo fue un parpadeo impreciso y fugaz, pero le permitió asimilar prioridades rápidamente y a una edad más avanzada de lo usual consiguió establecerse en la universidad de su ciudad. El ascenso exitoso de su carrera arañó la pintura de su matrimonio, dejándolo temporada tras temporada cada vez mas desvencijado. Su error más bello fue un hijo al que no consiguió despertar el amor por la ciencia que su padre sí hizo con él, pero en el que volvió a ver la magia, fórmula química de la felicidad que había desaparecido de su vida. A su pesar y por incapacidad involuntaria no fue el padre que su hijo merecía. Las hojas caían y con ellas los años y la necesidad de dejar al olvido actuar. Su familia no fue perfecta, al contrario que sus nupcias con el laboratorio, la fascinación infantil que le acompañó desde joven encadenó su destino a la ciencia, vieja alquimia de soñadores. A esta le regaló todo el tiempo que podría dedicar a cualquier otro plano vital, y a cambio le devolvía ilusión para seguir la ruta marcada.
La vejez como otoño, llegó sin avisar, cana a cana, trayendo el blanqueo natural de la memoria, entre sus manos translucidas y débiles se escurrieron sus últimos días de trabajo. La vista no vislumbraba más allá de las aletas de su nariz y su intelecto agudo y despierto era el único remanente de su soñadora juventud. Dedicó sus últimos días en la facultad a instruir futuras mentes de ciencia. Él, ya un dinosaurio sistematizado solo podía alentar a mentes más jóvenes a buscar su camino. Les instaba a alejar sus ambiciones del país, país a destruir, bello e inútil, sentenciado a muerte. Había que renovar, acabar con dinosaurios como él, reconstruir por el amor al progreso, luchar por ambiciones que aquí quedan ahogadas. Rememorando mucho le quedaba por arrepentirse, pero el tiempo poco lugar deja para las reconciliaciones con uno mismo cuando no se quieren con los demás. Su camino acababa, hizo un trato justo con la soledad; solo le quedaba un recuerdo y un último paseo de despedida por un pasillo estérilmente iluminado de puertas ahora siempre cerradas que para él ya no volvería a oler a nuevo.