Sr. Cuadrado se enamora

Aquella mañana se levantó una hora, tres minutos y quince segundos antes de lo habitual. Era el tiempo que, según había calculado, le llevaría terminar las tareas domésticas previstas antes de salir de casa y llegar puntual a la universidad. Comenzó por tender la ropa en la teoría de cuerdas, como le gustaba llamar a su tendedero, y luego prepararía la siguiente lavadora. Había estado casi quince días sin suministro debido a una disputa con la compañía eléctrica, y el montón de ropa sucia llegaba hasta el techo. Expresar el consumo en kWh en lugar de en julios era, a su parecer, una absoluta desfachatez, e intentó convencer, primero a la teleoperadora y más tarde al director del departamento de reclamaciones, de la conveniencia de adaptar la factura al Sistema Internacional de Unidades.

Verle tender la ropa era un deleite matemático. Tenía un diminuto y mal aprovechado tendedero con diez líneas de soga. Por si tenían alguna duda, absolutamente todo en aquella casa seguía el sistema métrico decimal. Disponía la ropa de acuerdo con la sucesión de Fibonacci, de manera que en la primera cuerda no colgaba nada, en las dos siguientes colgaba una única prenda y en la décima colgaba treinta y cuatro. Los días previos a la colada eran de lo más estresantes, pues andaba a cada rato cambiándose de calcetines para que le cuadraran las cuentas. Para complicarlo todo más, las pinzas seguían la sucesión de Cauchy, lo que significaba que para la toalla grande de la fila dos usaba una única pinza, pero hasta quince para cada uno de los calzoncillos de la fila cinco.

Cuando hubo dosificado el detergente y el suavizante, un mol en el primer caso y diez mililitros en el segundo, configuró la lavadora: 303 grados kelvin, 600 rpm, 2 horas. Lo que viene siendo un lavado normal con agua fría y centrifugado suave.

A las 8:30 llegó puntual a la universidad y, como cada día, fue a desayunar antes de entrar a impartir su clase de las nueve. Y como cada día, allí estaba: Lola, la camarera de la cafetería de ciencias. Nunca le ponía el café a la temperatura idónea (lo había comprobado en varias ocasiones con una sonda térmica) y tampoco añadía la leche en múltiplos de diez mililitros. Incluso llamaba azúcar, simplemente azúcar, al α-D-glucopiranosil-(12)-β-D-fructofuranósido. ¡Si tan sólo lo llamara sacarosa! Pero incluso eso habría sido demasiada perfección. ¡Era tan guapa! ¡Tenía una sonrisa tan hermosa! Lola conseguía lo que nada ni nadie más en este mundo era capaz de conseguir. Un cruce de miradas con la camarera y estaba perdido. Se le desmontaban todas las teorías. Se refutaban todas sus hipótesis. Maldita sea, era del todo incapaz de despejar la x. ¡Tan enamorado estaba! Lo cierto es que para los temas amorosos era un auténtico cateto. Cuántas veces, tras una de esas conversaciones en las que no entendía absolutamente nada, Lola se había quedado esperando una invitación al cine, a una cena, o incluso a aquella exposición sobre ciencias exactas.

Aunque él no lo sabía, aunque no lo había planeado ni calculado, el café de aquella mañana iba a ser especial. Lola había decidido tomar cartas en el asunto y a las 08.35 le sirvió el mismo café de siempre salvo por una excepción. Esta vez no iba acompañado de azúcar. Esta vez no. Hoy venía, según pudo escucharse en la voz de Lola, con un sobrecillo de “glucosa y fructosa”.

Díganme, por Pitágoras, si no es esta la declaración de amor más dulce que jamás escucharon.