Los ladrones de ingenio

Cuando ella llegó al laboratorio, nadie podía imaginarse lo que años después sucedería y es que desgraciadamente los científicos oriundos de estas tierras estábamos agonizando de imaginación.
El aviso de emergencia saltó: “queda un 5% de imaginación, enchufe cargador”. En ese momento pensé. “¿Dónde he gastado yo tanta imaginación como tenía? Tras un corto silencio no tardé en saber la razón (tampoco hacía falta ser una eminencia para eso). Nos la han robado. Nos la hemos dejado robar, delante de nuestras narices y nadie fue condenado por hurto con agravante de alevosía, reincidencia ni nocturnidad.
Los ladrones de ingenio nos han hecho creer ser mediocres, con las mismas razones que la religión: cuestión de fé.
- Eres mediocre.
-¿Por qué?
-Porque no te conozco
-Ah, esa no es razón.
-Da igual, lo digo yo
-¿Quién eres tú?
-Yo soy aquel que cada noche te persigue. Uno de tantos que lucen trajes y corbatas rellenas de sueños ajenos libados con nocturnidad y alevosía, con tal sigilo que un día despiertas con el aviso de: “enchufe cargador”, su imaginación se agotó y ¡ya está!
Mis días discurrían con pocas respuestas y muchas cuestiones de fe, cuando abrí el ascensor y giré la cabeza. Aquella muchacha estaba sentada en la escalera, esperando a aquella que habría de ser su jefa. Años después, ella y otras como ella me han traído hasta aquí.
Me levanté temprano, con algo de jaqueca por los nervios acumulados. Debía coger un avión hacia aquel país donde premian a aquellos que más ingenio e imaginación conservan después de resistir la oleada de hurtos tan frecuentes por estas tierras.
Aquella joven (bueno, ahora ya menos joven), me esperaba sentada en las escaleras del aeropuerto. Aún me pregunto por qué ese afán de sentarse en las escaleras. Quizás por tener la salida de emergencia cerca o porque siempre le gustó catar el suelo en todas sus vertientes: de narices, con los dientes y, como ahora, con las posaderas reposando sobre él. La reconocí y en lugar de decir “hola” como antaño, me fundí en un abrazo. Apenas pude entonar un “felicidades por…”, cuando me interrumpió diciendo: “el premio no significa nada”.
Súbitamente, mi cerebro comenzó a hincharse. Hilillos tibios de imaginación se deslizaban dentro de mi cabeza. Las neuronas bailaban frenéticas proyectando espinas como las rosas. Dentro de mí sentía, cómo las moléculas más pequeñas (que por eso se llaman micros) tomaban su posición de poder y desde su micro-discreción enarbolaban la bandera revolucionaria junto con las proteínas multicolor (verdes, rojas…). Me emocionó imaginar cómo el relegado peroxisoma dejaba de ser el paria de la sociedad celular y entablaba relación de igual a igual con la mitocondria o el núcleo.
Esa noche, en el duermevela que precede al profundo sueño después de un viaje de 18 horas, vislumbré aquellas estanterías repletas de libros relegados al olvido por pantallas inodoras e insípidas, que serán la incipiente causa de ceguera en los años venideros. Recordé aquellas palabras insignificantes que me habían robado y que pueden ser las más significativas: hace tiempo alguien me había llamado “Maestra” (con mayúscula, sí) por mi labor inconsciente, pero por lo visto fructífera. Recordé el orgullo que me produjo oír esa palabra (ahora está en desuso por aquello de que lo inglés mola más). Con todos mis respetos, “mentoring” no le llega ni a la suela de los zapatos a cuando la palabra “maestro” se convierte en adjetivo calificativo.
Cuando pronunciaron su nombre en aquella elegante sala, se levantó de la silla (esta vez no era cuestión de sentarse en el suelo), caminó por la alfombra impoluta sin caerse y recogió el premio. Mientras oía sus palabras de agradecimiento, yo sólo escuchaba a mi corazón latiendo con tal fuerza que se salía por la boca. Los neurotransmisores del orgullo y la emoción invadían en tropel mi cerebro y todo mi diminuto cuerpo.
Ahora sabía a ciencia cierta, que estas personas son especiales porque disparan estos mecanismos moleculares en el cerebro de sus maestros. La revolución encabezada por los reponedores de imaginación como ella y un puñado de gente como ella, aboca a los ladrones de ingenio a la nostalgia de tiempos mejores. Los reponedores de ingenio fueron bien adiestrados. Nunca serán mediocres como pretenden.
Los aplausos rompieron mis pensamientos, centrando mi mirada en su caminar de regreso. Yo no paraba de repetirme: “¡qué mayor orgullo que me haya superado con creces”.
Cuentan los mayores que veces pasa, y es entonces cuando la palabra maestro se convierte en adjetivo calificativo: orgullosa.