La Escritura

Habían pasado 23 días desde que el viejo Nanna hubiera iniciado su tercer viajo sobre su toro alado en este año que velaba el mundo de los dos ríos. Aquel día convenía ir despacio por la sagrada ciudad de Uruk -cuyo destino perpetuo y su fuerza indeleble, permanezcan impasibles ante los ojos de Marduk-; en la ciudad se iba a producir el tercer mercado anual, donde se iban a reunir personajes de todos los pueblos y rarezas que se concentran en la fertilidad de los confines que nos rodean. Entre esas figuras me hallaba yo, Eme, primer hijo de Abu -que repose por siempre en paz-, mercader de trigo desde hacía ya varias lunas, y que me disponía a vender varios depósitos de la cosecha anterior, con fin de ofrecerle a los dioses que habitan las estrellas ofrendas justas por mi casamiento con Lil, hija Kad, amigo firme de mi eterno padre.
En el mercado estuve avisando a varios mercaderes sobre las bondades que mi cosecha podía ofrecer a sus figuras, pero poco beneficio obtuve en las primeras fases de la mañana. El calor sofocante de aquella mañana era algo que jamás podría haber previsto, y nada fácil lo hacían las multitudes que se agolpaban en las callejuelas y plazoletas.
A mi izquierda se hallaba una amable mujer, más anciana que yo, que se había dispuesto a vender sus preciadas cestas de urdimbre, que más de un señor hubiera deseado para sus fastuos homenajes. Aquella pobre mujer, que no tenía más que su fe, me ofreció de su jarra de agua: no quise decirle que sí a la primera, aunque mi espíritu ansiaba rozar el brillante líquido; tras dos insistencias de la anciana acepté, aunque sin abusar de su buena disposición.
A mi derecha se postró un comerciante de aceites y alimentos; sin embargo, aquel hombre no se sabía el trato hacia sus semejantes, pues yo le ofrecí pan para saciar el apetito y él ni me miró; la anciana se comió su parte junto a mí, cuando en lo alto el sol hablaba a la tierra, y me supo mejor que todas las vidas que pudiera haber pasado con aquel inánime mercader.
Aquel pequeño acto tuvo que saber bien a los dioses, porque poco después cuatro jóvenes compraron varias mercancías de la anciana, que dejó cuatro piezas de contar para aquellos compradores, con tal de que volvieran en menos de dos lunas a pagar lo debido. Aquella práctica se hacía desde que el mundo se supo así, pero no siempre urdía el fin justo y deseado.
Poco después, dos hombres de Umma vinieron a mi puesto; antes de atenderles me permití despedirme de la anciana, que por nombre llevaba Lim, y que me dijo que vivía a no mucha distancia de mi hogar, comprometiéndome a visitarla. Aquellos hombres tenían justas intenciones, pues me ofrecieron una gran cantidad por la mitad de mi trigo, siempre que acordara que el resto del trigo lo guardaría para ellos mismos, que vendrían a recogerlo en dos partes antes de final de dos lunas. El trato parecía mejor que ninguno otro que su hubiera hecho aquel día en todo el mercado de Uruk, pero no podía poner en riesgo y perder tan inmenso bien que me habían traído los dioses. El más anciano me entregó una bola de arcilla, en cuyo interior dijo que se hallaban las piezas necesarias para que el trato estuviera sellado y se pudiera llevar a cabo sin ningún peligro. Pero esa práctica era poco fiable, más aún tras recordar el consejo que mi padre me diera en alguna ocasión sobre las tramas de los mercaderes de Umma, por lo que no acepté aquel medio. Sin llegar a ninguna decisión, y acabándose la paciencia de ambos compradores, vi una tablilla de arcilla fresca que el hombre de mi derecha tenía sobre una tinaja para mantener el contenido de la misma. Me dirigí hacia él y le compré la tinaja, al saber que no me hubiera dado la tablilla por su propio parecer; tras lo cual cogí un pequeño palo que tenía para remover el trigo, y haciéndole una pequeña muesca la usé como instrumento para dejar en aquel soporte el acuerdo estipulado entre aquellos hombres, que firmaron como Zu y Mi, y yo, que dejé mi nombre al lado. Puse a su vez un rezo hacia Marduk, que protegiera la amistad forjada entre nosotros con el cumplimiento del pacto.
Los hombres se fueron; yo me quedé, y mandé a un joven a dejar la tablilla al templo más cercano que hubiera. No sé si aquello fue sensato, mas el pacto se cumplió, y aquel método fue imitado y mejorado. La grandeza de la escritura fue nombrada por el firmamento.