Un genio, sólo eso.

Como cada mañana se despierta temprano: dirigido por un reloj interno que no da lugar a despistes. Carga la pila de libros que le acompañan desde sus inicios: libros de física, genética y lo más nuevo de cuántica. Esa suma de conocimientos e inquietudes que comienzan a hacer mella en su espalda y en su racionalidad; los años le han arrancado parte de la fortaleza y energía de su juventud.

Vive cerca de la Universidad; así que camina con esos libros (que pareciesen tesoros) y con un maletín de cuero del que sobresalen esquinas dobladas de folios que cuentan con algún lustro de vida. Recorre las calles pegado a los edificios; odia los empujones de aquellos que viven volando: prefiere entonces la rugosidad y suciedad de las frías paredes mientras tararea, como siempre, je ne regrete rien de Edith Piaf.
Como siempre va con tiempo decide entrar a saludar a la dulce Encarni: ella es de las pocas personas que le despiertan un estima especial.
Pide su café doble mientras observa a cada una de las personas que se acumulan en los
recodos de aquella cafetería. Les observa porque a él siempre le están observando: su vida está hecha de murmullos a su alrededor. Murmullos que calla de golpe con una de esas miradas con las que esconde el secreto para congelar personas; dicen que más de uno agacha la cabeza a su paso, nunca una mirada provoco tanto miedo.
Se despide de Encarni con una sonrisa y encauza los escasos metros que le separan de la universidad. Entonces se mete en una de esas aulas que están vacías, esa que le han cedido para sus investigaciones. Como encarcelado en un ritual se quita los zapatos, porque según él dice, se piensa mucho mejor. Después escucha a Bach y las cuatro estaciones de Vivaldi y comienza a escribir fórmulas sin descanso: poseído se embriaga de ellas. La tiza crea
música al contacto con la pizarra, música continua casi sin descanso que, decide callar, solo cuando esta se rompe. Solo aparece el silencio cuando él se queda atónito mirando al vacío, como si algún ente le estuviera corrigiendo esa carrera de integrales y diferenciales. Cuando pasa esto se arranca pelos a mechones: son los nervios que se apoderan de él; porque está tan cerca… Aunque nadie lo sepa, aunque nadie lo crea.
Mira una de las fotos preferidas de su adorado Einstein, reposa en la mesa donde ha dejado esparcidos sus papeles. La coge y se la lleva al pecho mientras en alto concluye que terminará lo que él empezó hace tiempo. La teoría del campo unificado será su regalo al amor que profesa a La Relatividad general. No toma descanso, se sienta en la silla y lee. Subraya, escribe y, de nuevo, vuelve a perderse en el infinito de sus ecuaciones.
Ese día se encuentra especialmente cansado, como si la promesa ya no fuese suficiente, como si él mismo hubiese dejado de creer en aquello en lo que ha invertido su vida.
Se sienta en el suelo y llora, llora como un niño pequeño, llora con rabia y pena. Mientras algunos de los alumnos se asoman por los resquicios de las ventanas para comprobar que allí sigue Eustaquio, y que, como siempre, continúa exteriorizando los mismos patrones desde hace 20 años. Hasta la pataleta de lágrimas con la que siempre termina la obra de teatro de su vida; instantes antes de que Roberto pase a decirle que es suficiente por hoy, que debe descansar y volver a casa.
De repente algo difiere en su actuación. Entonces se levanta muy serio. Dicen los que le ven, que su cara pareció haber recobrado el juicio. Borra la pizarra de una pasada y escribe sin descanso un conjunto de fórmulas que por primera vez en años, le hablan con total claridad. Escribe limpio y claro. Ahora los murmullos han cedido a un silencio sepulcral de los presentes.
Termina y abraza a Roberto.
-Lo he conseguido. Es la teoría unificada.
Roberto ha dejado de pensar que está loco; porque hasta él, que no entiende nada de aquel lenguaje de signos que ahora brillan; aunque no las entiende, siente algo especial. Rezuman un sentido ilógico, una realidad aplastante, una cordura que asusta. Los alumnos han decidido entrar en aquel aula y observan obnubilados como si todo hubiese cobrado sentido.
Quizás Eustaquio esté en lo cierto; por primera vez creen que la locura era sólo producto de una búsqueda incesante. Entonces la mayoría de los presentes se emocionan: están frente a un acontecimiento histórico. La teoría unificada a manos de Eustaquio mientras este llora de emoción al aplauso de los murmullos. Por fin lo ha logrado, por fin es libre de su locura.

Resulta que el loco era solo un genio, solo eso.