Mi eterna obsesión

Una obsesión. Una obsesión ha guiado mi vida desde el primer instante en el que fui consciente del irreparable destino de nuestra existencia. ¿Podemos escapar a la muerte? Como estudiante de periodismo tengo que decir que entre mis colegas universitarios estos asuntos trascendentales no solían ser plato de buen gusto en las conversaciones. “Tío, ya estás con tus paranoias. ¡Haber estudiado psicología o algo!”, me reprochaban. Quizás tenían razón y no lo supe hasta que conocí a Lucía.
Fue en una húmeda tarde de invierno cuando conocí a la chica tímida, distraída e intelectualoide que solía deambular por los alrededores de la universidad. Ella nunca se dignó a comunicarse conmigo. Los aires de autosuficiencia que arrastraba, por otra parte, hacían que yo no estuviera tampoco muy predispuesto al contacto. Lucía era alumna del segundo curso de física, una de esas carreras que eliges por auténtica vocación o porque, directamente, has heredado el carácter un tanto enfermizo y autístico de alguno de tus progenitores. Esa tarde, por casualidad -o causalidad, esto me lo explicaría ella más tarde-, coincidimos en la cafetería del campus. Yo le pedí fuego para encenderme un pitillo, ella me lanzó una mirada desafiante y... se hizo el silencio. “Itskov tenía razón, pero no hace falta esperar a 2045. ¡Podemos ser inmortales ahora!”. Evidentemente, yo me hice el longuis y en mi habitual alarde de ironía, le espeté: “Bah, ¡o antes incluso!”. Pero Lucía prosiguió sin inmutarse. “La Iniciativa 2045. Se trata de descargar el contenido de nuestro cerebro en una red de datos y convertirnos en software. Nuestra conciencia en un software que podemos representar de manera holográfica”. Entonces, en ese preciso instante, las neuronas de mi núcleo accumbens y unas cuantas más de mi corteza cerebral empezaron a dispararse sin control. “Pe, pe, pero...algo había oído hablar. Trasplantar la conciencia, ¿no? Joder, es mi obsesión. Poder escapar a la muerte”. “Exacto”, contestó Lucía, esta vez con una media sonrisa que la delataba. “Veo que te interesa el tema”. Sinceramente, en ese momento hubiera deseado tener más información de la que disponía para no quedar como un idiota, pero la verdad es que Lucía era una máquina de datos con patas. “Los números cuadran. Y sólo falta descargar el contenido y poner en marcha el avatar”. Más tarde pude comprobar que uno de los objetivos del proyecto Iniciativa 2045 era precisamente la producción a gran escala de avatares muy realistas en los que descargar contenidos de cerebros humanos, con todas las particularidades de conciencia, sensibilidad y personalidad. Una pasada, vamos. “¿Y por qué dices que podemos ser inmortales ahora? ¿Por qué ahora? ¿Es que tú eres más lista que nadie o qué?". Esta última pregunta no le sentó demasiado bien pero enseguida me agarró de la mano y me susurró al oído: “sígueme”.
Tengo que reconocer que me sentía bastante confuso. Avatares, conciencias que se descargan en software...vale. Todo eso en mi imaginación había sido factible e incluso deseable desde hace muchos años. La incógnita era ese ahora. ¿Lo habrá conseguido? ¿Y si Lucía era en realidad una agente encubierta que pretendía utilizarme como cobaya? Llegamos al laboratorio de informática de la facultad y Lucía sacó una llave del bolsillo de su chaqueta. La media sonrisa de antes se había convertido en una sonrisa casi maquiavélica. “¿Para qué quieres esa llave?”, le pregunté. “Te voy a contar un secreto. Llevamos años investigando la posibilidad de hacer real el sueño de muchos: conseguir la inmortalidad. Y por fin lo hemos conseguido. Detrás de esa puerta está el primer avatar con una conciencia humana trasplantada capaz de vivir eternamente. Y tú vas a ser testigo. Todo a partir de ahora va a ser diferente”. Mi cara se desencajó y sufrí un ligero vahído. Tomé impulso y respiré profundamente. “Uf”. Es todo lo que pude decir. Lucía dio un paso adelante, encajó la llave en la cerradura y entonces...”¡Pero mira qué eres tonto, inocente!” Ahí estaban Raúl, Leticia, Martín y Verónica, mis compañeros de periodismo. “¿No te acordabas que hoy era el Día de los Santos Inocentes o qué?". Qué cabrones. “¡Maldita sea vuestra estampa!”, grité. “Si es que no puede uno ilusionarse con nada”. Por la noche me enteré de que Lucía había pactado la inocentada con todos ellos y que nuestro encuentro en la cafetería no había sido fortuito.
Hoy recuerdo esta anécdota feliz por ser una de las causas de que abandonara la carrera de periodismo y del inicio de mi andadura como científico. Ahora solo espero ser testigo y parte de la resolución de mi eterna obsesión.