Tiempo

Darwin lo decía en su teoría: “La especie que mejor logre adaptarse a los cambios, será la que prevalezca.” Lo que no todo el mundo entiende de esa teoría es que el tiempo es un elemento fundamental para que ésta se sostenga. Se necesitan millones de años para poder evolucionar ante una necesidad, un cambio o simplemente para mejorar como especie. Nosotros solo tuvimos 26 días. Por eso estamos al borde de la extinción.

Lo llamamos “La contracción”. Los primeros cuatro días nadie se dio cuenta. Podíamos advertir pequeños cambios. La gente llegaba tarde a sus citas, las alarmas sonaban a destiempo, el sol salía antes, y la oscuridad llegaba más temprano de lo acostumbrado. El quinto día cayeron los primeros satélites. Los que aún seguían orbitando parecían haberse vuelto locos. Desde que nos volvimos dependientes de nuestra propia tecnología estábamos convencidos de que, si llegaba el día en que un error en cadena tumbase todas nuestras redes, muy pocos sobreviviríamos a ello. Pero estábamos equivocados, no era nuestra tecnología lo que nos había esclavizado y subordinado a su propia existencia: era el tiempo. El único problema es que jamás habíamos pensado que éste podía cambiar. Y cuán equivocados estábamos.

La primera semana, la duración de un día se había reducido a 22 horas. Fue la propia NASA, y poco después la ESA, las que lo confirmaron. No se trataba de un error informático, simplemente el tiempo se estaba contrayendo. Nadie estaba preparado para un acontecimiento así. Habíamos leído mil formas distintas de cómo terminaría el mundo en un sin fin de novelas de ficción, pero nadie había imaginado una tan simple y a la vez tan aterradora.

A partir del décimo día, nuestro mundo empezó a derrumbarse como un castillo de naipes. Los satélites de comunicaciones se volvieron inútiles y muchos sistemas informáticos que dependían de éstos cayeron con ellos. No había capacidad de reacción. No podíamos crear un enorme parche que solucionara el problema además de que, simplemente, cualquier medida era ficticia. Aunque pudiésemos corregir el desfase temporal en todos los sistemas, éste seguía avanzando inexorablemente. Por cada minuto que pasaba teníamos menos segundos al día siguiente. No sabíamos si esto se detendría, no sabíamos si terminaría llegando el momento en el que nuestro tiempo se redujera a un simple segundo. Es más, no teníamos capacidad de tan siquiera poder imaginar qué sucedería entonces. ¿Moriríamos? ¿Quedaríamos flotando en una especie de limbo espacio-temporal? Nuestro futuro estaba escrito con una pluma que usaba el tiempo como tinta, y ésta derramaba sus últimas gotas.

La agricultura, el clima, la base de toda nuestra vida, estaba cambiando a cada hora. Naciones enteras cayeron en cuestión de días. Nadie sabía por qué ocurría esto, y nadie iba a poder explicarlo. Cuando la gente se dio cuenta de que sus propios gobernantes eran incapaces de tan siquiera acercarse a dar una solución, empezó el caos. Nuestra naturaleza es egoísta, y aunque no lo fuera, nuestro instinto se ocuparía de serlo. Cuando las naciones más poderosas sintieron el pánico de lo desconocido, tomaron medidas. Y cuando las medidas se llevan a cabo desde el miedo y la ignorancia, nada puede salir bien. No se sabe con certeza quién lanzó el primer misil, lo que sí sabemos es que todo el mundo respondió al primer disparo. El día quince, más del 70% de la población se había dado por muerta o desaparecida. Irónicamente los países más pobres, donde nadie tenía esa potencia de fuego ni donde había ninguna riqueza de la que preocuparse, fueron los que menos sufrieron.

Empezó así la lucha por la supervivencia de los que quedábamos. Desconocíamos por completo aún el origen de nuestro apocalipsis, pero si seguía con la misma intensidad sería una lucha corta. El problema es que no sabíamos ni siquiera por qué luchábamos. Lo único que sabíamos es que al día siguiente tendríamos menos tiempo para dormir, menos tiempo para pensar, menos tiempo para vivir. Nos matábamos entre nosotros, pero la batalla era contra lo desconocido.

Todo cambio el vigesimosexto día. Teníamos aún algunos sistemas informáticos funcionando, con baterías que recargábamos gracias a paneles solares. Su única labor era contar cada segundo de cada día, y hasta ese momento el tiempo se había reducido siempre. Esa mañana el contador estaba en 16 horas 45 minutos. Exactamente el mismo tiempo que el día anterior.

Para muchos es el inicio de la verdadera lucha, para mí es el comienzo del largo camino hacia el Descubrimiento.

Había visto desaparecer a todos mis seres queridos, a todos mis amigos, y yo no pienso ver cómo muero en la noche más corta que el mundo ha conocido.