La duda

Es un desgarrón pequeño, del tamaño de la uña de su dedo meñique. Pero podría ser suficiente, por supuesto. ¿Cuánto puede medir un nevû de clase 1? Media uña como mucho, tal vez incluso algo menos. Es posible, sí, pero ¿probable? Se rasca la frente con fuerza, nervioso. ¡Mierda, Cyrus, piensa, piensa, piensa!
Control de daños. Reparar la brecha, primero. ¡Maldita lluvia ácida!, resopla mientras cose el parche aterciopelado con dedos torpes. La cuarta este mes. Todo un récord. Apenas recuerda cuando la lluvia era sólo agua, sólo gotas suaves que te acariciaban el rostro, que regaban la tierra. No brasas ardientes que lo queman todo a su paso. No aguijones que perforan una tela de un palmo de ancho. 1,500 dans le costó; sólo pensarlo duele.
Cyrus contempla el pobre resultado con resignación: el remiendo que rompe el azul infinito de la malla protectora y permite ver un pedacito del campo vecino. Su parcela ya no es una isla en medio del océano o ya no puede seguir fingiendo que lo es. Rikkon lo habría hecho mucho mejor, naturalmente, con sus magníficas prótesis y sus aires de suficiencia. Pero él ha hecho lo que podía con lo que tenía y lo que tiene son estas manos viejas y cansadas. Así que, por el momento, bastará. Debe bastar.
Ya en la cama, esa noche, no puede dormir. Cuando cierra los ojos, imagina la lluvia que desgarra la tela; el nevû mecido, empujado, arrastrado por el viento, que se cuela por la brecha y hunde las extremidades metálicas en su preciosa tierra. Y luego la vaina dorada abriéndose con lentitud y derramando su contenido: centenares de simientes de colores, diminutas, minúsculas, apenas un polvo fino. ¿Y su propio cultivo?, se pregunta. El que sembró con esmero semanas atrás y habrá empezado a brotar. Semillas antiguas, difíciles de encontrar ya. Carísimas.
En sus sueños, cuando por fin lo vence el cansancio, las simientes del nevû germinan a toda velocidad. Crecen, se multiplican; fuertes y hambrientas, lo devoran todo a su paso: el fertilizante, las viejas semillas, su propia reticencia… Explosión de colores: amarillo, magenta, cian. Falsos pero hermosos. En sus sueños, recoge los enormes frutos, refulgentes bajo la luz azulada, con dedos jóvenes y ágiles. Los muerde, con ansia, los saborea. Explosión de sabores en el paladar: dulces, amargos, ácidos. Falsos pero deliciosos.
El nuevo día trae cansancio y huesos doloridos. Tal vez algo más, se dice Cyrus mientras contempla su parcela pensativo. Reina el silencio, pero quién sabe si bajo sus pies se libra una batalla. O tal vez sus semillas, viejas y agotadas como él mismo, crecen sin más, ajenas a su lucha interior. O puede que no. Puede que este año germine una sola cosa: la duda.