El Sol se siente solo

Érase una vez en la inmensidad del universo
una casita con brillantes estrellas,
donde vivían criaturas bellas…
¡Y no eran de hueso!

Los romanos lo llamaban Vía Láctea
porque parecía un camino de leche…
¡Y tened cuidado! Que nadie sospeche
porque es una nube de estrellas y no es de leche.

En el centro, el Sol ocupa su asiento
y aunque de amarillo luz viste,
llora por sentirse triste
viendo a los planetas felices
girar como el viento.

“¡No puedo moverme…
y esto es un aburrimiento!”
Dijo la grande estrella
ardiendo de furia en un momento.

“Quisiera moverme
y no ser diferente,
para poder jugar con todos
y moverme como una serpiente”.

El Sol se quejaba de un fuerte ruido
porque Mercurio iba tan rápido
que en sus oídos retumbaba un zumbido.

“Mercurio, para ya…
¡Que me vas a marear!

“Solecito,
me gustaría parar,
pero si voy más despacio…
¡Me quemarás!

Tras quejarse una vez más,
lo hizo con el siguiente:
“¿Por qué intentas parecerte a mí
siendo tan grande y caliente?

“No trato de parecerme a ti…” dijo Venus.
“¡Si tú eres como el fuego ardiente!”

El Sol,
un poco más enfadado,
dijo en voz alta a la Tierra:
“¿Por qué no tengo hermanos
y tú tienes una hermana pequeña?”

“No te creas que es muy divertida,
la Luna es muy traviesa y distraída.

De vez en cuando
se pone entre nosotros
Y forma un eclipse...
¡Que es hermoso!”

La Tierra era feliz
como una perdiz,
porque llevaba un sombrerito
con un ligero matiz.

“Me protejo de ti,
porque algunos rayos me hacen daño
y me quedo sin el agua de mi baño
que necesitan amigos para poder vivir”.

Un poquito más triste y desolado,
el Sol le preguntó a Marte si también estaba enojado
porque por su color rojo parecía estar enfadado.

“Yo no estoy enfadado
pero me gustaría estar un poquito más a tu lado,
porque paso mucho frío
y me gustaría que fueras mi abrigo”.

El Sol, asombrado
miró a Júpiter desconcertado:
“Eres el planeta más grande…
¡Pero nunca alcanzarás mi tamaño!”.

“Tú serás más grande que yo…
¡Pero yo giro a tu alrededor!”

El Sol un poco callado,
miró a otro lado.
Sin haberlo esperado,
encontró a Saturno “el anillado”.

“¿Por qué llevas cinturones si no llevas pantalón?”
Dijo el Sol con gran preocupación.

“No llevo pantalón,
¡Pero parte de mi belleza son!”
El Sol, serio, comprende su razón
y despide a Saturno con poca motivación.

Cerca de Saturno
estaba su hermano mellizo.
Su nombre era Urano,
¡y le pegó un pellizco!

Su color era azulado,
pero le hizo tanto daño
que se le quedó un morado.

El Sol se compadeció
y una regañina a Saturno le echó.

En el fondo, alejado
se veía a Neptuno,
de color verde azulado.

“Qué frío me siento…
¡No tengo a nadie a mi lado!
Cómo me gustaría en este momento
sentirme querido y arropado”.

Con un haz de luz brillante,
el Sol le iluminó al instante:
“Siéntete afortunado, Neptuno…
¡Porque giras alrededor de mí tan lejos como ninguno!”

Neptuno, mostrándose sonriente
giró alrededor de todos lentamente.

Tras observar todo lo que había ocurrido
el Sol se había dado cuenta de que muy bueno no había sido.
“He tratado a todos mal
y no me gustaría que me lo hicieran los demás”

Con la cabeza baja los miró
y con sus rayos de luz a ellos se dirigió.
“Siento mucho haberme portado así…
¡Pero me he sentido solo desde que nací!”.

Los planetas, preocupados
comprendieron su actitud,
y le explicaron la importancia
de tener su gran virtud.

“Eres la pieza más importante,
todos te necesitamos.
Sin ti somos insignificantes…
¡Porque con tu luz nos iluminamos!”

El Sol, un poco sorprendido,
salió del lío en el que estaba metido
y comprendió que ellos no podrían girar
si no se quedara en su lugar

“¡No debéis parar
porque a todos os puedo observar,
así que os compartiré mi felicidad
aquí quieto en mi lugar!”

Y finalmente, aprendió una sabia lección:
Que esa casita es el Sistema Solar,
y el Sol su nombre lo da
por la importancia de su acción.

Y colorín colorito…
¡Que este cuento os parezca bonito!