Menos

Dicen que soy un monstruo. Que no soy humano. Que ahora ser humano es ser más, y yo soy menos. Que ellos son miles de millones de años de evolución, mientras que yo sólo soy varias décadas de investigación y un error.

Tienen razón. No he cumplido con las expectativas, funciono demasiado bien y ahora no saben qué hacer conmigo. No me pueden eliminar porque oficialmente sí que soy humano aunque me llamen abominación. Pero les comprendo, entiendo su rechazo y su miedo. Le llaman empatía, aunque también hay algo de compasión. Por eso permanezco inmóvil desde hace días, sentado en esta inocua habitación de paredes claras y luces suaves, donde desperté por primera vez. Sin ventanas, ni agua, ni comida. Fueron precavidos y no me hicieron un cuerpo indestructible como los de ellos; se limitaron a lo más básico, a lo sencillo. Algo temporal.

Es una ironía perfecta, incluso bella. Ellos en sus nuevos cuerpos mejorados y sin límites, con sus mentes tan primarias y limitadas. Y yo aquí, ocupando sus despojos. Viéndolos como a un único organismo agonizante, que lucha encarnizadamente por eso a lo que llaman progreso. Avanzando cada uno en una dirección distinta, incrementando las distancias que les separan, imponiéndose barreras ficticias.

Me dieron una mente ecuánime y objetiva, pero no puedo evitar juzgarles. Les veo como el colectivo que son, pero no dejo de referirme a mí como a un individuo al margen. Desconozco el dolor, la pena, e incluso la alegría, pero siento como este cuerpo primitivo sufre porque entiende cosas que yo no comprendo.

Empezaron a pensar que algo había salido mal en cuanto me dejaron salir a la calle y me encontré metido en medio de una multitud. Una multitud de seres muertos en envoltorios vivos que caminaban, que se empujaban, que se chocaban entre sí y seguían con su curso. Aquellos movimientos tenían más de browniano que de volitivo. O al menos, podían hacerle pensar a un observador externo que no había ningún tipo de inteligencia que determinase la trayectoria de un individuo. Mis piernas reaccionaron antes que yo, que estaba en blanco, desconcertado ante aquel caos sin armonía. Salí corriendo.

Mientras mi cuerpo corría reflexioné sobre la naturaleza del fracaso. Llegué a la conclusión de que aquél no era un mundo para mí, o al menos, que yo no estaba hecho para ese mundo. Me habían ideado como a un ser perfecto, libre de prejuicios y de sesgos, invulnerable a los males y a las dudas que habían perseguido al ser humano desde el inicio de los tiempos. Pero eran sus mentes las que estaban hechas para soportar el caos que regía sus vidas, esa incoherencia que a mí tanto me sobrepasaba.

Ni siquiera podría haberles servido de guía para mejorar, para evolucionar hacia algo más sostenible. Me temen demasiado como para aceptarme. Lo que no saben es que no hubo ningún error, que consiguieron hacerme tal y como deseaban. Que soy justamente aquello en lo que quieren convertirse, aunque tardarán un tiempo y malgastarán muchas vidas para darse cuenta de ello.

Nadie ha venido a verme, pero sé que desde esas cámaras me vigilan, esperan a que reaccione y corra de nuevo hacia la puerta abierta en la que mi mirada se ha quedado fija. Pero ni mis piernas ni mis ojos van a moverse ya; mi organismo está muriendo, y pronto se apagará. Entonces podré ser libre y dejar todo esto atrás. Lo hago por su bien.

Porque sé que nunca seré uno de ellos, ni ellos serán como yo.