Yo tengo un tomate tecnológico

Era la segunda vez que intentaba conectarme a internet a través del tomate que acababa de adquirir en la tienda de productos de proximidad cercana a mi vivienda. Pensé que, muy probablemente, esto sería debido a que como era de producción local y criado en un huerto casero, con escasa tecnología agraria por decir algo, no habría sido agraciado con todo el conocimiento que la selección viene aportando a los procesos productivos. Así que voy y me compro un tomate en el hipermercado más próximo. Tuve que utilizar mi vehículo para llegar, sin duda que este hecho debería ser determinante a la hora de adquirir un producto que llevaba añadido cierto valor de consumo extra y que por lo tanto más tecnología debería tener. Pague el equivalente a unos céntimos menos que en el caso anterior. Me hizo dudar de si efectivamente podría ser una buena decisión, pero pensé en la producción a gran escala, la seguridad alimentaria, el valor adicional del proceso… y me dije, seguro.
Probé a conectarme con mi nuevo tomate adquirido en un híper que alardeaba de ser paradigma de la innovación consumidor-producto y… seguía sin funcionar. No había manera que pudiera conectarme a internet.
Haciendo uso de la tecnología convencional, es decir, un Smartphone de gama medio-alta de casi 400 pavos el acceso fue fácil e instantáneo. Hice una rápida consulta en el buscador y puse “tomates tecnológicos”, me devolvió en 0.54 segundos unas 595.000 entradas. Me enteré de que hasta existía un Congreso tecnológico del Tomate. No dejé que me distrajera y fui al grano, es decir la segunda entrada y pude informarme que la producción altamente tecnológica del tomate era aquella en la que se aplicaba selección genética, análisis de multiresiduos, gestión y automatización del riego, control de los nutrientes, cultivo hidropónico, guerra biológica frente a las plagas, mallas antiáfidos, estructuras inteligentes, sensores de C02… paré, ya tenía suficiente. ¿Quién lo produce? ¿Dónde se vende? No fue difícil encontrarlo y, curiosamente, me indicaban una tienda de producción orgánica muy reputada que se encontraba en la ciudad más próxima, algo más alejada que mi tendero de al lado de casa y que la gran superficie. Me dije que sin duda debía valer la pena y así que hice un trayecto de 50 Km para adquirir el preciado tomate tecnológicamente perfecto.
He de decir que esta vez sí, efectivamente pague casi el doble que el primero y casi el triple que el segundo por lo que casi con total seguridad era el que buscaba. Emocionado llegó el momento de la prueba y… fracasó nuevamente. No hubo manera de que me permitiera conectarme a internet.
Sí ya lo sé es posible que el que ahora esté leyendo este texto crea que soy un perturbado con pocas conexiones neuronales activas o tal simplemente un tarado, ambas cosas son ciertas, sin embargo este experimento estaba fundamentado en un reciente artículo que acababa de leer sobre ciencia e innovación. Su autor demostraba que en un tomate, de los que comemos hoy en día, hay mucha más tecnología que en in IPhone. Puesto que un IPhone está en 700 pavos y un tomate por muy caro, y vaya si puede llegar a serlo si se le suma el viaje de ida y vuelta, es evidente que no llegaba a los 5 € me dije que la inversión estaba más que justificada.
Ah, la ensalada me quedó muy bien con las tres variedades, tal vez el de mi tendero era algo más gustoso y… sí, acabé con el IPhone aunque es cierto que mi tomate tiene infinitamente más tecnología.