Martirio

A bordo de la cápsula Scout, a 25 minutos de contactar con la atmósfera de Marte para iniciar la maniobra aterrizaje, el astronauta Frank Vasquez, ante la mirada atónita del comandante John Litz, desactivó la comunicación con la Tierra.
— ¡¿Se puede saber qué demonios haces?! — gritó el comandante.
— Sólo un momento, John. ¿Has pensado en lo que vas a decir? Ya sabes, después de aquello de un gran paso para la humanidad no puedes soltar lo primero que se te ocurra. “Hola mundo, ya hemos llegado”. Quedarías como un idiota.
— Sí. Me dieron una frase. ¿Ahora podrías volver a encender la radio y decirles que todo va bien antes de que se pongan nerviosos?
— No… hay algo más. Verás... no estoy muy seguro de querer hacer esto.
— ¡Qué mierd…! — e interrumpió sus palabras con un gran suspiro —. A ver, Frank. Llevamos aquí encerrados siete meses y se acerca el momento de mayor riesgo. Yo también tengo miedo, pero ese miedo no nos va a ayudar. Lo que nos va a salvar el culo es actuar como lo hemos hecho un millón de veces en el simulador.
— No es solo el miedo. Es todo. ¿Qué hacemos aquí? ¿Eres consciente de que nunca más vamos a regresar a la Tierra? …¡Espera, déjame hablar! Ya sé lo que vas a decir. Que llevamos años preparándonos, que durante todo este tiempo nos han insistido en que si no estamos seguros nos retiremos, que nos han hecho exámenes psicológicos y que hemos firmado nuestra aceptación y consentimiento ante notario. Y para terminar y darle una nota épica a tu discurso, dirás que somos los únicos que hemos superado todas las pruebas y los únicos que capaces de cumplir con esta misión.
— Lo has resumido muy bien. ¿Me puedes decir entonces dónde está el problema?
— El problema es que en el fondo nunca me he creído este tinglado. Solicité participar en el programa porque todo este rollo de la NASA era más estimulante que mi tesis en nanoelectrónica. He jugado a ser un astronauta y, dejándome llevar, me encuentro a 50 millones de kilómetros de casa, dispuesto a estamparme contra la superficie de Marte a 30.000 kilómetros por hora o, en el mejor de los casos, a sobrevivir a este viaje de ida para torturarme el resto de mi vida con una vuelta imposible.
— Escúchame bien. Aparta todo eso de tu cabeza, concéntrate durante los próximos veinte minutos y te prometo que, desde el primer momento que pongamos un pie en Marte, insistiré en que vayan buscando la forma de sacarte de aquí. Si han conseguido traernos, a todos esos científicos e ingenieros tan listos se les ocurrirá la forma de poder sacarnos. Ahora, por favor, sigue con tu trabajo.
— ¿Me lo prometes?
— Te lo prometo. Venga, enciende la radio, di que todo va bien y ayúdame a llevar este cacharro a Marte.
Tras abrir la trampilla y dejar una frase para la posteridad, el comandante Litz se detuvo unos momentos a observar el paisaje. Al otro lado de la escafandra, un mar de rocas y arena se extendía hasta toparse con las paredes del cráter en el que habían caído. A intervalos regulares, nubes de polvo se elevaban del terreno como fantasmas que huyeran y desaparecieran. Podría estar en el desierto de Atacama, donde pasaron meses de entrenamiento. Sin embargo, el cielo de color marrón-anaranjado le daba al panorama una sensación de irrealidad inesperada. Los contornos de las montañas se confundían con el horizonte, y el conjunto resultaba como un atardecer de Van Gogh. Los colores estaban todos desplazados en el espectro, apelotonados hacia el rojo. La ausencia de referencias visuales con las que estimar tamaños y distancias acentuaba la sensación de irrealidad. Además, esa ingravidez intermedia, ni como en la cápsula ni como en la Tierra, le hacía extraño a su propio cuerpo e impregnaba de extrañeza todo cuanto le rodeaba. Tras estos breves pensamientos, el comandante Litz se dirigió hacia su compañero de viaje con la intención de continuar su misión sin errores.
Al cabo de veinte días marcianos ya se había cartografiado el terreno, lo que permitió el aterrizaje de la nave que traía toda la infraestructura necesaria para levantar la primera comunidad, Fort Mars. A los seis meses llegaron los primeros colonos y, al año, Fort Mars ya contaba con cinco bares, un banco, un juzgado, un centro comercial, un polideportivo y un cementerio. Su primer inquilino fue Frank Vasquez, fallecido el día de llegada a Marte en acto de servicio. Según el testimonio del comandante John Litz, una incorrecta colocación del equipo unipersonal de respiración acabó de forma trágica con su vida.